viernes, 23 de mayo de 2014

LOS ESCRITORES

LOS ESCRITORES


Soy una escritora. No me digan que no. A los 15 años escribí una novela de más de 200 páginas y desde entonces he escrito más de treinta cuentos y ensayos. Aún es poco y no he publicado ni ganado ningún concurso, pero aún así creo que escribo lo suficiente y lo suficientemente bien para considerarme escritora. Tal vez no sea profesional, pero ¡vaya que sí escribo!

En la entrada de ayer les hablé sobre mis amigos imaginarios. Bueno, sépase que esto no es algo de risa, es algo muy serio. Porque soy una escritora, y para los escritores, los amigos imaginarios son personajes y las fantasías son historias. ¿Ven cómo suena todo de serio y profesional cuando le cambiamos la etimología? Así que no se imaginen que soy una loca solitaria llena de sueños, soy una escritora en proceso creativo, que es distinto.

Como se los prometí, voy a escribirles aquí un poco de esa historia (no fantasía, HISTORIA con mayúsculas) que he estado tramando todos estos años. Esto será sólo la introducción o el primer capítulo, porque, como les dije antes, lo que quiero es escribir una novela o al menos un cuento largo con ella.


Descenso y Ascenso


Cuando oyeron que los extraterrestres habían aterrizado en nuestro planeta -eso fue en el 2010-, pensaron que era el Apocalipsis. Los condenados mayas se habían equivocado por dos años y medio. Una gigantesca nave espacial blanca, con forma de estrella marina, se había estacionado muy campante en la cordillera occidental, justo detrás de Yanaconas. Al principio la gente sospechó de un ataque militar por parte de una de esas malditas naciones primermundistas que siempre están en guerra con todo el mundo. Los políticos pensaron lo mismo y comenzaron a llover acusaciones: "que los chinos esto", "que los rusos lo otro", "que los norcoreanos se enloquecieron", "que Castro había hecho su movida", "que los gringos se habían enloquecido otra vez". Pero finalmente todos los líderes mundiales llegaron a Colombia, cada cual con su equipo de científicos y militares, y ninguno reconoció la nave como suya. No cabía duda entonces: era una invasión extraterrestre.

Naturalmente cundió el pánico. Las tiendas se vaciaron, los almacenes se cerraron, los monumentos se cayeron, las piscinas se ensuciaron, los vidrios se quebraron, las faldas se alzaron y los pantalones se bajaron. La ciudad estaba desolada y aún así seguían llegando los periodistas y los curiosos, desesperados por captar de primera mano la gloriosa destrucción de nuestro mundo.

-Perdona Susan, no podré asistir al primer cumpleaños de nuestra hija. ¿No ves que tengo que documentar el Apocalipsis para la posteridad?

Todos tenían su teoría acerca de lo que nos harían los extraterrestres. ¿Matarnos? ¿Esclavizarnos? ¿Torturarnos? ¿Convertirnos en sus mascotas? ¿Convertirnos en sus amantes? ¿Ponernos en una especie de granja de hormigas? ¿Sacarnos los órganos para venderlos en el mercado negro interestelar? ¿Cuál de todas las películas sobre extraterrestres habría acertado? Los cinéfilos hacían sus apuestas mientras que los directores de cine se refugiaban en sus búnkeres nucleares. Los más ricos de los ricos escapaban a la luna en naves espaciales cuyos boletos de abordaje costaban cifras ASTRONÓMICAS.

La "Fallen Star UFO" ("Estrella Caída OVNI" en inglés), como se llamó a la nave espacial, estaba rodeada día y noche por los mejores militares y científicos del mundo. Los unos con sus armas listas y los otros diseñando armas más sofisticadas para que los unos también las tuvieran listas. Por si acaso.

¿Quién se hubiera imaginado entonces que los extraterrestres hace tiempo que se habían escabullido por la puerta de atrás? Los extraterrestres llegaron -cómo no- a mi casa. Eso fue el mismo día de su aterrizaje. Tocaron la puerta como si fueran carteros o vendedores de aspiradoras, sólo que lo hicieron a las cuatro de la madrugada. No sé porqué abrí la puerta, y se presentaron ante mí ocho figuras de más de dos metros de alto, de piel gris, con cuernos blancos en la cabeza, garras afiladas en la punta de los dedos y unas colas rojas, largas y lampiñas que pendían  enroscadas detrás de sus piernas. Tenían rostros semi-humanos y al principio se me hicieron todos iguales. Me asusté, pero sólo porque pensé que eran enfermos mentales o ladrones disfrazados, no extraterrestres. Abrí la boca para gritar pero uno de ellos me dio un beso en la mejilla y me desmayé.

Cuando desperté, estaba volando. Me sujetaban unos brazos largos y fuertes. Asumí que se trataba de una de esas horrendas pesadillas lúcidas, pero me sorprendió comprobar que podía moverme perfectamente. Me aproveché de esta situación para gritar y patalear con todas mis fuerzas. Debajo de mí se extendía una neblina gris y detuve mi lucha cuando me dí cuenta que aquello no era una neblina, sino que eran las nubes. Estaba volando a kilómetros del suelo. Entonces los gritos se convirtieron en llantos, juramentos y protestas. Me habían secuestrado.

Cuando llegamos a la nave espacial, todavía nadie había notado que estuviera allí. Las frías montañas estaban desoladas y la luna se veía amarilla y brillante. Me pareció que se burlaba de mí. Bajé lentamente y en círculos sobre la nave, como un buitre sobre la carroña, y aterricé sobre la blanca y lisa superficie. Los otros extraterrestres aterrizaron cerca, y el que me sujetaba me hizo dar media vuelta y me sonrió.

-Aquí serás feliz -prometió, con una voz muy humana.

Yo lo miré asustada y me quedé pensando en sus palabras, sin poder comprenderlas. Entonces me empujó. Caí en el oscuro vacío de lo que parecía un pozo sin fondo. Grité, y ví a aquella luna burlona centellear en el cielo mi último adiós.



¿Les gustó? ¿Creen que debería continuar y escribir una novela con esto? Lo voy a hacer de todos modos. En la próxima entrada les mostraré algunos extractos de mi primera novela.

"Far away, long ago..."


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