martes, 20 de mayo de 2014

VÉRTIGO

VÉRTIGO


¡Ciao!


Un día, cuando tenía 5 años, se subió al bus un punkero con pelo verde en puntas, oberol con suspensores, camiseta negra, collar de púas, pantalón bombacho y roto, botas de combate. Toda la venia. En cuanto se subió, todos lo miramos escandalizados y con miedo, como si hubiera hecho o dicho algo peligroso. Pero él tan sólo se sentó, preguntó a un pasajero dónde tenía que bajarse para llegar a su destino y luego se quedó en su parada. Cuando se fue yo le pregunté a mi madre: "mami ¿por qué es así ese señor?" No recuerdo qué fue lo que me respondió, pero lo que me pregunto ahora es ¿por qué tuvimos miedo si él no hizo nada malo? Por eso escribí este texto:

Entre nosotros y nuestros más locos sueños se interpone un gran abismo. Allí no hay nada, y donde no hay nada, cunde la incertidumbre, el desasosiego, el terror. Un precario puente sin pasamanos se tiende entre los dos extremos de la gran grieta y si lo tomamos, no tendremos más soporte que aquellas temblorosas tablas de madera bajo nuestros pies.

Lo que adoro de las modas alternativas es que no fuerzan a nadie a usarlas. La moda convencional mueve al mundo con una sorprendente facilidad. El poder de los diseñadores occidentales y la influencia de los medios hacen que la gente cambie su forma de vestir y sus conceptos de qué es “normal” o bonito con cada telenovela, grupo musical o colección de “marca” que sale al mercado. Las modas alternativas, sin embargo, nacen en pequeños talleres de costura, de los sueños de anónimos artistas que esperan a que alguien, alguna vez, en alguna parte, se identifique con sus obras y las use con orgullo. Los usuarios compran esta ropa porque su corazón se ha inclinado irresistiblemente a ello. Muchas veces las personas renuncian a cosas que les encantan porque “están pasadas de moda”, o utilizan otras que odian o no les quedan bien porque “es lo que se está usando”. Pero aquellos que usamos modas alternativas difícilmente pensaríamos así. Las ideas de los demás sobre lo que DEBE o NO DEBE usarse prácticamente nos son indiferentes. Sólo queremos expresarnos con libertad y lo hacemos por medio de nuestra apariencia. Queremos que nuestro estilo de vida impregne cada aspecto de nosotros mismos, incluso la ropa. Por eso somos así, un poco más independientes de lo permitido.

Hay quienes jamás se atreven a poner pie en el puente colgante. Renuncian antes de comenzar y se establecen de su lado del abismo, dándole la espalda a lo que hay en la otra orilla. Construyen casas y viven en ellas. Y tienen un buen día, siempre igual al día anterior. Y tienen una buena vida y son felices, porque no tienen el corazón soñador para suspirar por aquello que encuentran inalcanzable. Puede que sean éstos los más sabios.

Me acabo de convertir en Lolita y ahora me pregunto ¿por qué no lo hice antes? Puede que haya sido la falta de confianza en mi misma, la falta de información sobre la moda, o simplemente la idea equivocada (y francamente racista) de que “así son los japoneses, yo no soy japonesa así que no puedo usar eso”. Creo que fue una mezcla de las tres. Conozco el Lolita hace unos 8 años al menos de vista, pero sólo me animé a investigarlo de verdad hace unos seis meses. A decir verdad, de adolescente era muy insegura. Años de bullying en el colegio y en la calle me tenían convencida de que era fea y tonta y no valía nada. Ahora me siento un poco boba al recordarlo y hasta me río de ello, pero en ese entonces yo no sabía cómo funciona la mente de las personas y en especial la de los niños. Tuve el Lolita frente a mí muchas veces sin darme cuenta: vi a Mana-sama en los vídeos de Malice Mizer, vi la Gothic & Lolita Bible en internet, leí artículos sobre el Lolita en algunas revistas, vi Lolitas en vivo y en directo en convenciones de anime. Las señales estaban por todas partes pero yo nunca les presté atención. Tal vez porque creía que algo tan hermoso y único no podía ser para mí. Yo sólo quería dejar de oír burlas sobre mi apariencia, y esos pomposos vestidos parecían la manera perfecta de provocar las risas. Por otra parte, en aquella época yo estaba convencida de que Japón era un paraíso mágico y tolerante donde todos tenían permiso para ser originales y nadie se burlaba ni criticaba a los demás. En parte era por eso que amaba tanto Japón y tenía idealizado todo aquello que venía de allá. Claro, ahora sé que me equivocaba.

Lo que me impulsó definitivamente a usar el estilo fue una mezcla de leer los inspiradores escritos de Novala Takemoto y ver las fotografías de Lolitas occidentales vistiendo orgullosamente sus atuendos en la calle. Yo conocía el nombre de la moda y un día, a los 19 años, un llamado del destino me hizo buscar “estilo Lolita Colombia” en internet. Fue una revelación. Mis ojos se abrieron y me di cuenta de algo que por muchos años ignoré: puede que ser diferente no esté bien visto, pero mucha gente quiere serlo y lo es. De repente me di cuenta de que ser distinto (en la apariencia o en el pensamiento) no era un pecado y que las convenciones sociales se podían romper. Seguí en mi búsqueda de información y tropecé con los escritos de Novala y la “oración de las Lolitas” (Gothic & Lolita Go World). Leer sobre aquella valiente rebeldía, aquella descarada belleza, me hizo pensar que todo era posible. En ese momento tuve una epifanía y finalmente caí en cuenta de que el Lolita estuvo allí todo el tiempo, agazapado en las sombras esperando el momento preciso para revelarse. Descubrí que ya tenía varios accesorios y pelucas que podía usar. En esa misma época cayó en mis manos suficiente dinero extra como para comprar un vestido Lolita de verdad. Poco después me regalaron una blusa perfecta para usar con el vestido, compré unos zapatos que combinaban y encontré, sin estarlo buscando, un accesorio de pelo. Fue como si el universo confabulara  para que yo me hiciera una Lolita. Me pregunto si a alguien más le ha pasado esto o se ha sentido igual que yo. Gothic Lolita, no es un estilo, es el destino.

Pero hay algunos que no pueden resistirse al intenso brillo de la llave y abren la puerta prohibida, son los que saben que tras la aterradora oscuridad del agujero del conejo, se esconde el país de las maravillas. Esos no pueden dejar de soñar. Viven como los demás tan sólo un tiempo, pero eventualmente el puente los llama y ellos acuden. El canto de la libertad los seduce implacablemente. Colocan los pies sobre los peldaños de madera y avanzan lo mejor que pueden.

Al darme cuenta de lo tontas que habían sido mis razones para no acercarme al estilo Lolita, comencé a comprender cómo lo veían las demás personas. Usando Lolita en la calle he obtenido varias reacciones: desde gente diciéndome que me veo lindísima, como una princesa o una muñeca, hasta los que me preguntan de qué es mi disfraz y me esquivan por la calle con una sonrisa burlona en los labios. Me he preguntado qué pasaría por las mentes de estas personas y por las de otras sobre las que he leído, que tratan mal a las Lolitas sin tener ninguna objeción válida contra ellas (ya sea moral o intelectual). Si lo pensamos, el Lolita realmente cumple muchas de las convenciones sociales de occidente acerca de cómo deben verse las mujeres: es lindo, femenino, recatado, elegante, inocente, sofisticado. Y aún así creo que si saliéramos a la calle con pantalones rotos, botas de combate y top ombliguero no nos criticarían tanto como lo hacen cuando usamos Lolita. ¿Qué será?

Recuerdo que por algún lado, navegando en internet, leí acerca de un cuarto a prueba de sonido en el que hay tanto silencio que a los pocos segundos de entrar las personas comienzan a ponerse ansiosas y a alucinar, y no soportan ni diez minutos adentro. ¿Será porque se sienten solos sin “la voz” externa de otros que los guíen? ¿Será porque temen oír “la voz” que desde su interior les exige satisfacer unos deseos inconfesables? Yo lo llamaría “miedo al vacío”.

En una clase de la universidad veíamos una película en la que un psicoanalista ruso hablaba sobre la realidad y el miedo. El hombre explicaba que la realidad es una ilusión construída a base de convenciones sociales, y que para nosotros como seres humanos, aquello que es distinto a lo establecido rompe con la realidad y amenaza nuestra existencia. ¡He ahí la respuesta! La gente simplemente entra en pánico al ver algo totalmente nuevo y transgresor de sus ideas de lo “normal”. Se encuentran con un “vacío” abrumador.

Hay una razón por la cual las ancianas, los niños pequeños y las mujeres de edad usualmente adoran el Lolita: ellos tienen el punto de referencia para comprenderlo. A las mujeres de edad les recuerda a los años 60’s, cuando se usaban vestidos largos con petticoats para darle un coqueto Va Va Voom a las faldas, y los niños y niñas ven hecha realidad la fantasía de los cuentos de hadas. El resto de la gente, sin embargo, se enfrenta de golpe y sin previo aviso a algo que desconoce totalmente. “¿Vestidos largos? ¿Faldas voluminosas? ¿De qué planeta viene eso?” se preguntan. Ellos jamás han visto nada distinto a los pantalones ajustados, a los shorts, a los bikinis, a las minifaldas, a los vestidos cortos de las presentadores de farándula. Al no encontrar ninguna referencia para comprender lo que ven, se sienten inconscientemente aterrorizados frente a ese “error en la Matrix”. Para mantener su paz mental y reestablecer el orden social, buscan a toda costa negar la existencia de aquella amenaza llamándolo “disfraz”, o incluso intentan destruírlo por medio de la burla y los insultos. Y esto no sólo aplica a la moda Lolita o a otros estilos de vestir, sino también a modos de pensar y a estilos de vida alternativos. Tal vez sea pretencioso dividir a la gente entre “los que tomarían la píldora azul” y “los que tomarían la píldora roja” pero me veo tentada a usar esta analogía. O tal vez esta otra: La sociedad funciona como un gran organismo en el que (supuestamente) todo comparte el mismo ADN. Aquello que tenga una configuración diferente a la establecida se considerará una amenaza y el “cuerpo extraño” será atacado. El sistema inmune es maravilloso y nos protege del peligro, pero a veces es tan estricto que rechaza incluso las medicinas que el organismo necesita. Es un mecanismo de defensa, es la naturaleza humana, es perfectamente comprensible.

Los que esperan en la seguridad de la tierra les gritan a sus espaldas. Los llaman locos, subnormales. Desean que vuelvan porque temen verlos llegar al otro lado, fuera de su alcance. Les lanzan piedras, balancean el puente con ahínco, pero los aventureros miran atrás como diciendo “yo jamás volveré”.

Sin embargo, creo yo (ingenuamente acaso) que ya es tiempo de que aprendamos que existen otras culturas diferentes a la nuestra, otros estilos de vida, otras formas de ver el mundo y de expresarse, diferentes a aquellas que normalmente vemos entre nuestros amigos y familiares. Hace poco un profesor contó en clase que una conocida de una reserva indígena se cambia sus ropas tradicionales y se “disfraza” de citadina cada vez que viene a trabajar a la ciudad. Lo hace porque si no la gente la mira raro y le dice cosas desagradables. Yo me pregunto ¿y por qué? ¿No deberíamos haber madurado ya como para aceptar que hay gente que simplemente viste distinto? ¿No debería ser capaz una persona de enorgullecerse de todos los aspectos de su cultura donde quiera que esté? ¿De modo que la individualidad está prohibida?

 Ellos se afianzan a los recuerdos de sus momentos felices y a las pocas cosas que aún aman del mundo que dejan atrás. Hacen equilibrio con un parasol colmado de pájaros y de flores. No necesitan más percha ni más soporte que esto y su irresistible lujuria por lo distinto. Su familia y amigos exclaman tímidamente palabras de apoyo. Algunos callan, observándolos desde lejos, admirando la valentía de quienes afrontan el terror de aquel vacío indomable. El abismo sopla desde sus profundidades y el viento silba furiosamente. El puente se balancea y algunos se detienen por un momento, tiemblan, dudan, dan un paso atrás. Pero siempre vuelven a intentarlo, porque para ellos no hay mayor vacío que el de la tranquila monotonía de la seguridad.

En las instituciones, en las fiestas y en los trabajos suele haber un estricto código de vestimenta, pero resulta que las sociedades también tienen un código de vestimenta implícito y secreto para la calle y los lugares públicos. Por ejemplo, si usas cabello decolorado, maquillaje negro y ropa oscura, la gente seguramente asumirá que eres un drogadicto o un bandido. Simplemente porque debe haber algo raro o malo contigo para que ignores la norma no dicha de que todos debemos vernos iguales. Parece algo tonto y superficial (la gente piensa eso de la moda), pero ¿no es verdad que el primer acto de independencia de los niños es vestirse solos? ¿No llega un momento en el que nos cansamos de la tiranía de los zapatos y los lanzamos por los aires? Después de meses y hasta años de subir dócilmente los bracitos para que nos encajen una camiseta que pica, ¿no queremos de repente escoger nuestra propia ropa? Y es que así, con algo tan frívolo como el modo de vestirse, comienzan la libertad y la madurez. Yo me pregunto en qué momento de la vida perdemos ese impulso libertador y volvemos a someternos a que nos vistan los demás a su gusto.

Muchos renuncian y regresan, cansados del largo viaje que parece no tener fin. Pero otros se sostienen, porque saben que no están solos. Hay otros como ellos entregados a la misma aventura. Intercambian miradas cómplices, extienden pulgares en alto y sonríen con empatía. Cada cual tiene su propio sueño, su propio deseo, y puede que todos sean diferentes. Cada cual imagina lo que habrá del otro lado. Cada cual toma, a su propio tiempo, su propio camino para llegar.

Por supuesto, no hay que asumir cosas de la gente por la ropa que viste. Si nos encontramos a alguien usando “los últimos” tenis, “las últimas” gafas, “los últimos” pantalones, “la última” camiseta y hasta “los últimos” calzoncillos probablemente asumiremos que aquella pobre víctima de la moda no tiene una pizca de originalidad. Pero realmente hay gente a la que le gusta lo común y es feliz viviendo en la seguridad de las normas y las convenciones. Y la felicidad es invaluable, no deberíamos despreciarla sólo porque no entendemos de dónde proviene. Pero algunos de nosotros no nos sentimos satisfechos sólo con lo convencional. Claro que compartimos muchas cosas con aquellos que viven a nuestro alrededor, claro que los apreciamos y los queremos. Pero no a todos nos llenan las mismas cosas. Algunos queremos más porque soñamos con el mundo que se ve a través del espejo, porque nos seducen los monstruos que viven bajo la cama.


Y así, continúan, contra todo, contra el viento, contra el implacable NO, contra el temor, porque saben que vivir de otra manera sería insoportable. Saben que no hay nada para ellos en las calmas orillas de la normalidad. Y así, sin pretensiones ni remordimientos, remontan los peligros y recorren su camino, seguidos de muchos otros; fieles compañeros que también saben soñar.



Gracias por leer. Tengo algunas preguntas para mis lectores: ¿les está gustando el blog? ¿Qué temas les gustaría que publicara o que ampliara? ¿Quieren un artículo sobre el Lolita? ¿Quieren fotos mías usando Lolita? ¿Quieren que publique mis cuentos o algunas canciones? ¿Está bien que publique una entrada nueva todos los días? ¿Estoy haciendo demasiadas preguntas?

"'Cause sometimes when you loose your way is really just as when. Because you find yourself, that's when you find yourself."


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