miércoles, 29 de octubre de 2014

PROFESORA DENISSE

PROFESORA DENISSE

Diario

Al leer mi nombre precedido de la palabra "profesora" en el título de esta entrada sentí un malestar extraño. Algo parecido al pánico frío que nace en el estómago cuando uno se sube a una atracción de alto impacto y el aparato comienza a moverse, lento al principio. Sabes que será terrible pero apenas está comenzando así que te pones a la expectativa del vértigo y del miedo. Es divertido de una manera perversa. Esta sensación hace un buen contraste con el brillo en los ojos de algunos de mis compañeros cuando hablan de lo mucho que desean ser maestros y maestras. Hoy, especialmente, entrevisté a una profesora de lengua que parecía realmente encantada con su profesión. En cuanto le pregunté cómo se sentía con la clase se le dibujó en los labios una sonrisa tierna y la mirada se le llenó de alegría. "¡Vaya! Esta mujer ya está realizada. Se nota que ama su vida." pensé. Cada palabra que decía estaba llena de entusiasmo, era muy positiva y no había duda de que le encantaba su trabajo. Eso, debo decirlo, me inspiró. Tal vez no a ser profesora pero sí a encontrar un trabajo que cuando me pregunten lo que hago para vivir se me dibuje una sonrisa tan grande y satisfecha como la de ella.

Cuando yo iba a inscribirme en la universidad y pensaba en mi futuro, intentaba por todos los medios no entrar a una Licenciatura. Licenciatura prácticamente equivale a profesor y después de las malas experiencias que tuve cuando asistía a la escuela, estaba convencida de que odiaba a los niños y de que nunca volvería a pisar un colegio. Gastronomía era mi primera opción pero no tenía el dinero para pagar la carrera ni intenciones de endeudar a mis parientes para que me la pagaran. Tenía que ser la universidad pública, y de las carreras que estaban disponibles la más lucrativa y que implicaba (según yo) menos matemáticas era arquitectura. El caso es que lo intenté por un año y no logré ingresar. Al final (oh, ironía) acabé escogiendo una Licenciatura, la Licenciatura en Literatura. La palabra Literatura fue lo que me ayudó a decidirme. Le había puesto el ojo desde el principio pero el temor de ver esa palabra (profesora) antes de mi nombre no me permitía elegirla como mi primera opción. Hoy en día estoy muy feliz con mi carrera pero sigo pensando que lo de enseñar no es lo mío. Probablemente tendré que aceptar un trabajo de maestra en algún momento (lo quiera o no) pero en realidad mi sueño siempre ha sido ser repostera o escritora profesional. No lo sabré hasta que lo intente pero no creo que yo vaya a sonreír con tanta felicidad cuando le diga a la gente que soy profesora. Simplemente no es lo mío; mi paso por la escuela me marcó demasiado. Tal vez yo era una patética mezcla entre insegura, melodramática y sensible y por eso se me hizo un infierno, pero sea como sea, pasar el resto de mi vida en un aula de colegio siempre fue mi peor pesadilla y creo que lo sigue siendo. 

Soy responsable y si hago algo, lo hago bien, así que no creo que vaya a ser mala profesora. Respeto a las personas y sé que los chicos merecen un buen profesor. Si acabo enseñando haré lo mejor que pueda e intentaré ser positiva, pero no sé si me acostumbraré algún día a que me llamen "profesora Denisse".

"We don't need no education."

viernes, 24 de octubre de 2014

LOS ARISTOGATOS

LOS ARISTOGATOS

Diario

Bien, hace tiempo que deseaba contarles la historia un poco triste y un poco feliz de los seis últimos gatos que he tenido. No puedo contarles cada detalle con pormenores porque me tomaría mucho tiempo y además no recuerdo todas las cosas completamente. Sólo sé que siempre, desde que recuerdo, he tenido gatos como mascota y que su historia es mi historia también.

Los que se fueron:

  • Hello Kitty: Esta gatita la tuve desde los diez años. Era una angora blanca con un ojo verde y el otro azul. La trajeron a casa con dos meses de edad y era hija de la vieja gata de mi abuela. Era muy hermosa, como la gata de una princesa pero también era tímida y no confiaba fácilmente en las personas. No tenía un favorito de la casa, aunque sí le huía al esposo de mi mamá pues aunque él fue quien la trajo, la odiaba. La gatita creció muy mimada y mi mamá la llamaba "la condesa de la casa" porque hacía lo que quería y tenía un aire de realeza. Tuvo muchos hijos y era una excelente mamá. No sé por qué jamás se nos ocurrió esterilizarla, eso hubiera alargado su vida. Le hacíamos poner una vacuna para esterilizarla temporalmente pero a veces funcionaba y a veces no y al final le provocó una severa mastitis. Su último embarazo la mató, ninguna de las crías sobrevivió y me siento muy culpable por no haberla llevado al veterinario a tiempo, por no haberla esterilizado, por haberme tomado las cosas con tanta calma cuando dejó de comer y de jugar. Por lo que he oído un gato puede vivir unos 20 años y ella sólo vivió 13 por culpa de nuestra negligencia. Después de esa experiencia decidí ser más responsable y no dejar que nuestros animales sufrieran por enfermedades esperando a que se les pasaran solas. Por suerte mi tía tiene a la hija de Kitty, que es su viva imagen y a su vez tiene cuatro gatos que también viven en casa de mi tía. Me alegra que al menos haya quedado algo de Kitty para recordarla.
  • Pucca: Esta gata era la gata de mi mamá. Tenía los ojos verdes y era blanca con una capa gris sobre el lomo, con capucha sobre los ojos. Ella la recogió de la calle en un pueblo y la crió por dos años allá. Luego la trajo a la ciudad. Pucca era muy traviesa y tenía la manía de aruñar y morder si intentabas tocarla. También te despertaba jalándote el cabello con los dientes para fueras a servirle su comida. Siempre tuvo la barriga hinchada así que era difícil darse cuenta cuándo estaba embarazada. Sólo tuvo dos camadas antes de que mi mamá la hiciera esterilizar porque sus crías nunca sobrevivían. Ella se fue de la casa y se quedó viviendo con la hermana de mi abuelo cuando mi hermana trajo una gata nueva a la casa.
  • Bigotes: Él era un gato negro de ojos muy naranjas que se metía a la casa de noche a pedir comida. Al principio le arrojábamos agua y lo echábamos pero él seguía volviendo, con su feo maullido y su absoluta docilidad ante los humanos y acabamos encariñándonos con él, dándole nombre y teniéndolo en nuestra casa. Al principio era el gato de nuestros abuelos pero después se pasó a vivir con mi hermana y conmigo. Era muy manso y se dejaba tocar y acariciar todo lo que uno quisiera. Olía feo y tenía el pelo rasposo pero le brillaba mucho y su personalidad era maravillosa. Era calmado como ninguno. Vivió poco tiempo con nosotros porque mi mamá trajo otro gato macho a los pocos meses y ya que se peleaban todo el tiempo a Bigotes lo botaron un día, no sé dónde. Me sentí muy mal por él porque le habíamos dado un hogar y después lo botamos como habían hecho sus dueños anteriores. Sólo espero que haya encontrado otra familia y que esté bien ya que mi tío nunca quiso confesarme en realidad qué hizo con él o dónde lo fue a botar.

Los que quedan:
  • Pepe: Fue la razón de que se fuera Bigotes. Mi mamá lo encontró cuando vivía en la capital pues entró un día a su oficina maullando como loco. Mamá lo alimentó y lo dejó dormir en los asientos por un par de días hasta que finalmente lo llevó al apartamento. Era muy gracioso y educado y de inmediato nos enamoramos de él. Sabía pedir la comida y usar la caja de arena y siempre dormía con nosotras, en un hueco entre nuestras piernas o a nuestros pies. Tenía la extraña manía de raspar el suelo antes de beber agua y de poner la nariz sobre un bulto de sábanas y amasarlo con las manitos antes de acostarse. Era tan tierno que no quisimos dejarlo solo y lo trajimos a nuestra ciudad cuando regresamos en un largo viaje en bus con muchos incidentes. Esperábamos que los demás gatos que teníamos lo aceptaran pero Bigotes se enfureció en cuanto lo vio por primera vez y lo atacó con mucha violencia. Nos despertaban todos los días a las cuatro de la madrugada con maullidos y cosas golpeándose y cayendo. Era desesperante. Pepe se hacía encima del miedo a pesar de que era mucho más grande. Por supuesto, Bigotes era un gato callejero mientras que a Pepe se le notaba que era una gato casero que se le había perdido a alguien. Sufrió mucho hasta que a Bigotes lo botaron y fue en parte un alivio y en parte algo muy triste. Jamás lograron llevarse bien. Ahora Pepe es un gato enorme, gordo y remolón y es muy feliz. Tiene una vida tranquila y perezosa y duerme casi todo el tiempo, cuando no está tratando de "divertirse" con su hija. Como ya estaba educado cuando lo recogimos es muy bueno y ordenado aunque duerme en cualquier lado, incluyendo lugares en los que ni siquiera debería subirse y en los que no cabe por ser tan enorme. Siempre está aruñado, no sé por qué le gusta tanto pelearse con las gatas y con los gatos.
  • Jane: Mi hermana llamó un día a mi mamá pidiéndole permiso para llevar a casa una gata "temporalmente". Mamá accedió y la gata nunca se fue. Es una gata carey, es decir, negra con pinticas naranjas. Al principio creíamos que era un macho, por su comportamiento, y lo llamábamos Bane, como el villano de la saga de Batman. Cuando notamos que Bigotes trataba de aparearse con él nos dimos cuenta de que nuestro Bane era en realidad una chica y le cambiamos el nombre. A pesar de que sólo la habíamos visto con Bigotes, al nacer su primera camada resultaron ser hijos de Pepe. Tuvo dos camadas y con ambas tuvimos la suerte de que los gatitos fueron lindos y se regalaron rápidamente. La segunda camada sí era de Bigotes y cuando Bigotes se fue decidimos esterilizarla. El veterinario le hizo la operación pero curiosamente a los pocos meses se infló como un globo y parió su tercera camada. Regalamos a tres de los cuatro gatitos, la única que se quedó fue la de colores a la que llamamos Ginny, quien es blanca y negra con pintas naranjas, muy linda, de ojos verdes como los de su madre. A los pocos meses el veterinario vino de nuevo y arregló el problema y de una vez esterilizó a Ginny que se quedó con nosotras. Jane es pequeña y esquiva. Es muy rebelde y juguetona. Tiene malos hábitos por haber sido callejera. Cuando intentas acariciarla finge que le duele y maúlla muy fuerte. También come muy rápido y va de un plato de comida a otro sin decidirse por ninguno, como si le fueran a robar la comida. A veces es tierna y se echa en nuestro regazo o duerme con alguna de nosotras, sobre nuestra panza, pero si intentas tocarla te aruñará o te morderá. Es muy malcriada por sus hábitos callejeros a pesar de que tiene caja de arena y la recogimos de bebé. Ha resultado tener muy buena salud.
  • Ginny: Tiene apenas unos meses y es muy consentida. Como nació en esta casa no conoce las penas de los gatos callejeros como sí lo hacen su madre y su padre, Pepe y Jane. Ginny es mucho más sociable que su madre. Se deja acariciar pero también aruña. Es muy curiosa y le encanta jugar. Siempre se revuelca por el suelo batallando con Jane y su madre siempre la defiende cuando Pepe intenta aparearse con ella. Es muy gracioso verlos lanzarse maullidos de reproche y amenaza; son una familia disfuncional. Ginny había tenido muy buena salud hasta que le cambiamos el alimento por uno mucho más barato y ahora tiene cistitis. Ya está en tratamiento y deseo que se mejore pronto. Lloré mucho cuando se enfermó porque temía que muriera. Es una buena gata. Ojalá viva muchos años y esté siempre con nosotras.
Bueno, esta fue la historia de mis Aristogatos. Como ven, los unos sucedieron a los otros por diversas razones. Yo desearía tenerlos a todos seis y sigo sintiendo remordimientos por lo que pasó con los que se fueron. Tuve muchos otros gatos cuya historia es memorable, es especial la de mi gato adorado, Simba, pero esa la dejo para otra ocasión.

"¿Cuáles son de rancia tradición? Naturellement: Los Aristogatos."


SOY FAN

SOY FAN

Lolita, Opinión

Soy fan de... ¡La moda Lolita!

Bueno, debo empezar diciendo que la palabra "fan" viene de fanatismo y que el fanatismo no me va. Implica una actitud irracional en la que sigues algo sin importar qué y lo defiendes sin importar qué, y el qué debería contar. Deberías ser capaz de darte cuenta cuando algo o alguien de lo que eres fanático está haciendo daño, pero el fanatismo implica ignorar las evidencias, por eso no me gusta mucho esa palabra "fan". Así que sólo voy a hablar de la cosa que más me gusta y que ocupa la mayor parte de mis pensamientos (al lado de mis amigos imaginarios): la moda Lolita.

La moda Lolita, puedo decir que casi soy fan de ella, porque desde que la descubrí todo en mi vida está relacionado con el Lolita. Mi facebook está invadido de Lolita, mis cosas, mi guardarropa, la lista de canales que sigo en youtube, mi lista de animes, películas y vídeos para ver, mi lista de reproducción de música. Desde que estoy en el mundo Lolita todo lo que tenga que ver con moda, muñecas, cultura pop, cultura kawaii o época me fascina. Y es que siempre me gustó, pero el Lolita focalizó y reunió todo eso en una sola cosa y por esa razón es que me sentí atraída una vez salí en busca de un estilo.

Por si no lo saben el Lolita es una moda alternativa japonesa inspirada en los atuendos femeninos americanos de los 50's y 60's y en los atuendos aristocráticos de la Europa de los siglos XVII, XVIII y XIX. Se enfoca en la modestia, la elegancia, la diversión y la rebeldía, en destacar por una belleza que no sea sólo insinuación sexual sino todo lo demás, todo lo que la obsesión por el sexo hace que dejemos de lado. Por eso amo el Lolita. La idea de ser sexy siempre me ha molestado. No, no siento que haya triunfado cuando me dicen que soy atractiva sexualmente, pero sí me siento feliz cuando me dicen que me veo linda, como una muñeca. Por eso me siento instantáneamente atraída hacia las cosas "lindas" por encima de todo lo demás. También me gustan las cosas un poco "oscuras" y el Lolita tiene la perfecta cantidad de eso. Es como la fórmula de las chicas superpoderosas: "azúcar, flores y muchos colores, ¡y también la sustancia X!" Simplemente encantador.

"Gothic Lolita."


domingo, 19 de octubre de 2014

CUENTOS

CUENTOS

Literatura

Una colección de algunos de mis cuentos cortos:

DESPERTAR CONTIGO

Cuando despertó a su lado vio que estaba muerta. Se pasó las manos por el rostro, preguntándose dónde estaba. El cielo raso picado de estuco no se le hacía familiar. Volteó a ver a su madre. El cuerpo se derramaba apaciblemente sobre la sábana. Se levantó, calzando el zapato izquierdo antes que el derecho. Al ponerse de pie, un picante cosquilleo en la cabeza lo obligó a sentarse de nuevo sobre la cama. Tenía la garganta amarga y seca. Volvió a incorporarse y salió del cuarto. El murmullo tranquilo de la calle arrullaba el silencio del hogar. Quietud, por fin quietud. Llegó al comedor. Los brazos le colgaban a los lados como miembros ajenos a su cuerpo. Se sentó a la mesa y suspiró pesadamente. Desde el asiento, la perspectiva del espejo de cuerpo entero de Beatriz le permitió verla. Casi le sorprendió comprobar que no se movía. 

En la cocina recogió los pocillos de flores y los vació de su contenido. Para él había resultado inútil. Tomó una fotografía que colgaba de un imán en la puerta de la nevera y descolgó un rosario de un clavo en la pared. Volvió a la habitación y sujetó a Beatriz por la cintura para colocarla en el centro de la cama. Le juntó los talones, le enredó los dedos sobre el pecho y colocó el rosario sobre los nudillos y apoyó la foto contra la almohada. Una vez la vio primorosa como una santa, regresó a la cocina. Todavía quedaba en la jarra de café un concho de nata azulosa. Apoyó las manos en el mesón como si hubiera perdido súbitamente las fuerzas, pero rápidamente se recuperó y llenó un pocillo, el que no tenía labial en el borde. Apuró la bebida y fue a recostarse en la alfombra al pie de la cama. Acomodó las manos debajo de la nuca y cruzó las piernas como alguien que tiene un solo lugar al cual ir.


EL CALOR

El incendio comenzó junto al pupitre de Malena Cortázar. Conectar su teléfono a las defectuosas y viejas conexiones eléctricas del tercer piso del bloque A tuvo como castigo que una enorme chispa saltara a la alfombra y se incendiara justo debajo de ella. El fuego se prendió de su falda y las llamitas subieron por su uniforme velozmente, hasta casi consumirla. Cundió el pánico entre los alumnos cuando los esfuerzos de la maestra por salvarla sólo consiguieron avivar el fuego, quemarle las pestañas y chamuscarle la camisa. Los chicos corrieron hacia la puerta y se amontonaron en el pasillo, arrastrándose penosamente hacia delante como un ciempiés gordo y torpe.

Carla Méndez se quedó petrificada en una esquina del salón mirando fijamente el cuerpo llameante de Malena. Marcos Brunal se quedó con ella. Nadie sospechaba que fueran amigos o algo más, a duras penas se hablaban, pero él fue el único que se quedó. Marcos la jalaba de la manga del la camisa, la agarraba del codo e intentaba alzarla, pero ella permanecía inmóvil. Sólo temblaban sus manos y sus labios se abrían y cerraban como la boca de un pez. Finalmente, el humo tumbó al chico sobre sus rodillas y al instante lo dejó tendido sobre la alfombra. Brunal recostó la cabeza a los pies de Carla y cerró los ojos para siempre. Ella cayó a su lado pocos minutos después y ambos se abrasaron lentamente.

La cuarta víctima fue María Ponce, que corría detrás de los otros para salvarse. El techo se derrumbó sobre ella, ella sola, y las latas y los alambres enrollados en una viga de metal la cubrieron por completo, como una enredadera seca a un árbol caído. El cielo-falso de icopor se derritió rápidamente y empezó a llover en forma de gotitas calientes y grises. Los estudiantes se precipitaron escaleras abajo, rodando sobre los escalones, pisándose unos a otros mientras unos pocos maestros gritaban con sus heridas gargantas que mantuvieran la calma. El atronador campaneo de la alarma de incendios resonaba con los gritos en una sinfonía de terror.

Amanda Salas fue la quinta en morir. En cuanto pudo salir de su salón de clases se precipitó por el pasillo en contra de la marea de estudiantes, y braceando como enloquecida, llegó a la puerta de la biblioteca. La manija estaba caliente pero ella abrió y se sumergió entre los estantes. Miraba las portadas, giraba la cabeza confusamente y acariciaba los lomos con los dedos. Finalmente, su mirada ansiosa encontró un lomo negro que decía: “La GRAN Aventura de Amanda Sykes”. Jaló el libro hacia ella y lo sostuvo con fuerza, mirando fijamente la tapa negra y roja. Se metió su tesoro dentro de la blusa y corrió apresuradamente hacia la puerta, pero esta vez la manija del picaporte le quemó la mano y la hizo aullar de dolor. Retrocedió, con lágrimas tibias en los ojos, y corrió hacia la única ventana que no tenía rejas. Estaba entreabierta, pero un solo vistazo hacia los 12 metros de caída sobre una cancha de pavimento la disuadió de saltar. Abrazó el libro a través de la blusa y se arrodilló en una esquina alejada de la puerta. El humo corría por encima de su cabeza y huía por la ventana. El oxígeno escapaba a la absorción de su sistema respiratorio para ir a alimentar el fuego. Amanda lloraba ya a moco tendido y sacó el libro de su resguardo para abrirlo en la página 243, la última. 

“Y ella lo miró con una sonrisa de inusitada felicidad. Finalmente lo había encontrado.”-leyó.

Una mueca parecida a una sonrisa quedó tallada para siempre en el rostro de Amanda cuando cayó fulminada sobre el libro abierto.



Al memorial asistieron casi todos los alumnos de la escuela junto con una multitud de padres y vecinos. Por un par de horas todos dejaron atrás las amenazas de demandas y las búsquedas de culpables para honrar a los difuntos. Las eternas preguntas sobre la vida y la muerte fueron planteadas por la boca del cura. Los cinco ataúdes estaban cerrados, incluyendo el de Amanda Salas, a la que fue imposible removerle el libro del pecho. Las páginas de la novela se le habían fundido en el corazón.

Uno de los maestros estaba inconsolable. El señor Mendoza apretaba el puño cerrado dolorosamente contra los labios mientras las lágrimas rodaban por su rostro como ríos.

-Yo le mostré el libro, yo se lo dí, el de Amanda Sykes -repetía en voz baja-. No puedo olvidarlo.

Y seguía temblando y resoplando aterrorizado.

Pasaron meses antes de que la escuela reabriera sus puertas y recibiera a los estudiantes que no pudieron conseguir un traslado. Unos pocos, los sobrevivientes de la tercera planta, aún temblaban al recordar el olor a carne quemada, a plástico fundido. ¡El calor! El piso calcinado estaba sellado, las escaleras de acceso fueron bloqueadas con cintas de peligro y tablones de madera, pero desde afuera los vidrios ahumados por el hollín aún dejaban entrever paredes negras y metales retorcidos. Y por años, muchos siguieron estremeciéndose al recordar aquel día de furia y de calor.


LA CASA DE MADERA

Había una vez una familia de hombres y mujeres. La familia no tenía hogar, así que las mujeres decidieron que había que hacer una casa. Los hombres decidieron hacer la casa de madera. Las mujeres pensaron que era mala idea porque los hombres no sabían construir casas de madera, pero como construir casas es cosa de hombres, ellas se dedicaron a servir cerveza y limonadas. Una vez la casa estuvo terminada todos se mudaron allí. Como los hombres no sabían construir casas de madera, entre muchas otras cosas, la plomería quedó defectuosa. Como las tuberías estaban defectuosas, goteaban. Como las tuberías goteaban, los muebles y los cimientos de la casa empezaron a descomponerse. Los hombres decían que limpiar la humedad era cosa de mujeres y no hicieron nada. Las mujeres decían que arreglar plomerías era cosa de hombres y tampoco hicieron nada. Finalmente todos dijeron “que se haga lo que Dios quiera”, pero como Dios no es un plomero ni un empleado doméstico, la casa se cayó.


LA MIRADA

El padre de Michael no podía pasar demasiado tiempo con él, así que el niño pasaba mucho tiempo solo y no hacía más que mirar fijamente cualquier objeto que tuviera en frente. Escudriñaba atentamente cada círculo infinito de la vajilla, cada espacio entre las fibras de la alfombra, cada esquina punzante de la mesa. Durante su estricto examen, a Michael le temblaban levemente los labios y sus familiares se preocupaban. Lo alzaban del suelo y lo sacudían, pero sus ojos no dejaban el objeto de su escrutinio. Finalmente se rindieron y lo dejaron que hiciera lo que quisiera. Mientras comiera y se fuera a la cama a su hora, nadie se atrevía a molestarlo. Sus hermanos mayores comenzaron a tenerle muchísimo miedo. Pensaban que estaba poseído por algo que no podían describir. Mudo, los ojos de Michael brillaban con agudeza y sus labios se movían como si pronunciara un conjuro. Al acercarle un día el oído al rostro, el padre de Michael descubrió que recitaba números. “8, 5, 4, 4, 3, 9, 1, 2, 8…” El caballero se sintió profundamente perturbado y preguntó a su madre y a su hermana lo que le sucedía el niño, sin que ninguna de las dos pudiera darle respuesta. Sujetó a su hijo de los hombros y le habló, le gritó, pero los ojos de Michael continuaron perdidos en los zapatos de su padre. Su mirada se hundía entre el cuero y sus elementos, separaba los átomos, los neutrones, los bosones, penetraban la alfombra, el suelo, el subsuelo, el centro de la tierra, las superficies, la atmósfera, adivinaba la composición del espacio, atravesaba la materia oscura, viajaba por miles de universos en los que miles de Michaels lo miraban a su vez y él seguía contando cada partícula, cada molécula, cada segundo, cada centímetro, cada haz de luz, cada par de ojos, azules como los suyos, que lo escudriñaban desde el otro lado del infinito.


NOVELA DE AMOR

Una vez me sorprendió la madrugada leyendo una novela de amor. Me fui a la cama con el libro y lo puse junto a mí. Cerrando los ojos, en mis párpados se proyectaron imágenes de un diván blanco cubierto de blandas almohadas de plumas. A los pies del mueble había una piscina circular de aguas color esmeralda, resguardada por ligeras cortinas albas. Me sumergí. De repente entró a la estancia un monstruo como un dragón. Temí por mi vida pero él pasó a mi lado, y al recostarse en el diván se había transformado en un joven. Miró en dirección mía y se quedó quieto. Mi temor se fue disipando poco a poco y finalmente extendí mis manos hacia él para que me sacara del agua. Pero sus ojos no se movían. Estando dentro de aquella piscina yo era invisible. Me sumergí hasta el fondo, en silencio.


TE AMO

Ana leyó la línea en la pantalla una y otra vez sin salir de su asombro. A través del brillo fantasmal del monitor se podía leer: “Esto no es sencillo de decir. De hecho, nunca pensé que fuera a pronunciar estas palabras. Te amo. Te amo y no puedo evitarlo”. Un cosquilleo hace tiempo olvidado recorrió su cuerpo. No podía creer que realmente estuviera pasando, pero allí estaba, frente a sus ojos, la declaración de amor del hombre de sus sueños. Él era guapo, rico, problemático, fuerte, interesante, sensible, atormentado, sensual. Era todo lo que Ana había soñado y temido en un hombre. Se llevó la mano al corazón. Le dolía por la súbita e inusitada felicidad. Recordó todo lo que la había llevado a ese momento: cómo seleccionó a Evan entre otros cuatro chicos igual de guapos sólo porque pensó que él –con su sonrisa macabra y ojos tristes- era el más especial de todos. Recordó todo lo que había pasado en nombre del amor: aguantó sus caprichos de niño mimado, sus órdenes, sus burlas crueles, sus insultos y a veces, incluso, su violencia. Y lo que más le dolía: el vacío que experimentaba cada vez que se agotaba el tiempo para estar juntos y ella tenía que dedicarse a escribir un reporte o simplemente apagar la computadora para irse a dormir. Sus sueños eran invadidos por él. Evan con su pelo gris y sus ojos violetas, vestido de conde victoriano, su femenino rostro cubierto levemente por el ala de un tricornio emplumado, sus dedos llenos de anillos de brillantes, sus románticas alas de murciélago. Ana había dedicado la mayor parte de sus horas de descanso a la conquista de este magnífico joven que el mundo virtual le había hecho posible conocer. En el monitor, Evan se sonrojó ostensiblemente, pero se contenía para no explayarse en derroches de cariño. “¿Y bien? ¿Te quedaste muda?” apareció en la pantalla. El joven hablaba con su arrogancia usual. Ana examinó las tres respuestas predeterminadas que aparecían en la pantalla y seleccionó la que le pareció más honesta y que sabía que a él le gustaría. “Claro que enmudecí, nunca te había visto sonrojar.” Él enrojeció aún más y desvió la mirada para que el amor no se le desbordara por los ojos. Acabó por sonreír y logró verla de frente. “Es porque nunca me había enamorado”, admitió. Ana se sintió morir. Con un gran suspiro, dio un clic y la amorosa imagen de un beso apareció en la pantalla. Una joven rubia, que no se asemejaba en nada a Ana, aparecía envuelta en los fuertes brazos de Evan mientras él extendía sus demoníacas alas negras a la luz de la luna. “Fin del juego. ¿Quieres volver a empezar?”


SUBE LA ESCALERA

En cierto barrio de las colinas suelen hacerse escaleras de piedra, cemento y madera en las pendientes más inclinadas para facilitar el tránsito a pie. En una cuadra de este barrio, donde la caída es casi vertical, hay una escalera de cien peldaños.

La escalera se terminó el cinco de mayo de 2010. Ese día, el empleado de la construcción estaba esperando a que se secara el último escalón, cuando distraído se apoyó en este y su pie se hundió en el cemento blando. Perdió el equilibrio y los cien escalones que él mismo había construido le molieron los huesos y le reventaron el hígado. Cayó a los pies de su construcción tan descuajaringado como un muñeco de trapo. Al día siguiente hubo una pequeña ceremonia para recordar al difunto y desde entonces la escalera estuvo marcada por el estigma de la tragedia. Los vecinos rumoreaban que el fantasma del constructor se pasaba las madrugadas recorriendo la escalinata, penando. 

Los niños, que gustan de probar su valentía y fuerza, se retaban a realizar la hazaña de subir y bajar los cien escalones en un minuto. El diez de mayo uno de los niños se tropezó en el segundo escalón y cayó de cara contra el pavimento. Se le quebró la nariz y el puente se le hundió en el cráneo.

Luego del segundo memorial, los vecinos colocaron una cerca de maderos y cintas amarillas de peligro para evitar el uso de la escalera, pero no faltaba el escéptico, el desentendido o el que simplemente estaba tan apurado que no tenía tiempo para supersticiones. Hombres, mujeres, niños y ancianos. Cada pocos días había una nueva muerte y siempre tropezaban de la manera más absurda e inexplicable en el escalón contiguo al que había provocado la muerte de la víctima anterior.

La situación se repitió durante dos meses. Los habitantes de la cuadra ya contaban 10 muertos y se empezó a pintar de negro los escalones y a adornarlos con cruces blancas y con los nombres de las víctimas. La maldición era inmarcesible y los vecinos vivían entre la resignación y el espanto. No pocos alquilaron o abandonaron sus casas para ir a calmar los nervios en barrios más pacíficos.

Así pues los escalones negros fueron de boca en boca, sembrando el terror entre los niños y entreteniendo a los adultos de todo el sector con los detalles morbosos de las muertes. Se trajeron curas y brujos para exorcizar la escalera maldita. Todos llegaron con su arsenal de aguas, yerbas y humos mágicos; en vano fue. Los rezos –cristianos y paganos- tampoco surtieron efecto y pasaron los meses y los años y los cien escalones, en su totalidad, se enlutaron de negro y de rojo sangre. Así las “cien cruces” se volvieron leyenda urbana.

La madrugada del veinte de enero de 2013 un anciano que padecía insomnio se asomó por su ventana y –dice él- vio a los muertos de la escalera sentados cada uno en su escalón. Todos tenían las heridas que provocaron su muerte y algunos apenas podían permanecer en posición debido a lo descoyuntado de sus miembros. Así, deformados, tristes y callados se fueron disolviendo uno por uno, empezando desde el número cien, hacia arriba, convirtiéndose en una espesa sustancia blanquecina.

A la mañana siguiente la escalera estaba totalmente blanca. Se habían ido las cruces, los nombres y las ofrendas a los muertos. También la cerca desapareció. Sólo quedaba en la cima la huella que dejó Elviro Castro, el constructor, cuando hundió su pie en el primer escalón casi 3 años atrás.

La noche del veintidós una mujer que iba muy apurada quiso cortar camino subiendo la escalera…


UN BUEN ESCRITOR

Él tenía la costumbre de acompañar a Ricardo en sus rituales. Era su privilegio asistir a los descuartizamientos de las presas recién cazadas. “Así es como se hace, comenzando por romper las coyunturas” decía él. Mario asentía cautelosamente, mirándolo sin responder. No le molestaba demasiado que salpicara las paredes con la sangre de la víctima del día. Eso se podía limpiar, pero su reputación no. Lo que le molestaba era la monotonía. Su amistad con Ricardo no tenía otro propósito que inspirar las historias de sus novelas, pero últimamente se estaba quedando sin material. Ya no podía seguir explotando el argumento fácil del asesino psicópata. Estuvieran en la piel de una anciana, de un niño, de una lesbiana, de un japonés, de un futbolista o de un bailarín, todos sus asesinos estaban inspirados en Mario y sus artes de carnicero. Y los críticos comenzaban a notarlo. Todos tenían la misma obsesión por la limpieza y el orden. Todos eran meticulosos y ceremoniales. Tenían tantas reglas sobre cómo hacer la faena como las hay para comer correctamente el sushi. En definitiva, eran todos iguales.

Hace tiempo que se había agotado la originalidad de “escribir desde el punto de vista del asesino.” El público ya sabía qué esperar de sus novelas y su editor comenzaba a pedirle algo diferente. De poco sirvieron las largas y tediosas entrevistas con Ricardo. Fueron inútiles sus esfuerzos por penetrar la mente retorcida o el pasado tormentoso que pudiera haber detrás. Ricardo había tenido una infancia feliz, fue popular en la secundaria, jamás lo matonearon, obtuvo excelentes calificaciones en la universidad, su tesis fue un éxito, consiguió trabajo fácilmente, nunca pasó hambre, nunca le faltaron amantes, su carrera iba viento en popa. Incluso hubieran podido trabajar para la misma casa editorial: tenían prácticamente los mismos títulos y la misma experiencia. A Mario no le gustaba pensar en eso.

Especuló que caería de perlas revertir la fórmula y comenzar a “escribir desde el punto de vista de la víctima.” Fue imposible. Ricardo se negaba rotundamente a dejar que su amigo se inmiscuyera en la profunda y sagrada relación que tenía con su captura. Sólo él podía manipular el cuerpo desnudo y mancillado, sólo él podía pronunciar las profanas palabras rituales. Ya era bastante con que le permitiera a Mario observar desde la habitación contigua y tomar notas en su agenda. “Te estoy dejando que me veas desnudo, ¿sabes? Para mí es como si te permitiera espiarme mientras me baño”, le echaba en cara cada vez que pretendía intervenir. Era inútil pedirle que variara el modus operandi. “Si los dejaras vivir por un poco más de tiempo… Si los ataras en vez de perseguirlos… Si los golpearas con más fuerza… Sería interesante si guardaras una uña como trofeo.” Indistintamente las sugerencias iban a parar a los archivos del olvido.

Mario comenzaba a frustrarse. Cada segundo sábado del mes se despertaba a la madrugada oyendo golpes sordos en el piso de abajo. Entonces cubría su desnudez con una bata y se precipitaba escaleras abajo escapándose de resbalar en sus medias de lana. El holocausto ya venía con la lengua cortada y la boca convertida en un pozo rojo, imposibilitado para proferir cualquier grito de auxilio. Tenía que ayudar a arrastrarlo hasta el pequeño salón y después apresurarse a por su agenda y su pluma fuente. Arrastraba una silla de plástico hasta el agujero practicado en la pared a modo de mirador y comenzaba el cuestionario de rutina: “¿dónde encontraste a éste? ¿qué hacía? ¿sabes cómo se llama? ¿se resistió mucho? ¿te hizo correr?” Se había acostumbrado a traducir al castellano las respuestas que Ricardo le daba con la voz distorsionada por la emoción. A lo que no se acostumbraba era a la peste de sangre, sudor y lágrimas que se escapaba por el agujerito como una descarga de gas tóxico. Y luego él a limpiar, a esconder todo, porque el principito era incapaz de recoger su propio desorden. Usualmente lo confortaba que sus anotaciones le darían material para escribir una nueva obra maestra del thriller, pero ya no tenía tal consuelo. Su nombre como escritor comenzaba a ser noticia de ayer.  Su obra era igual de relevante que aquellas víctimas anónimas recogidas de los parques y las banquetas.

Un sábado, cuando bajó las escaleras siguiendo el estallido de un vidrio roto, encontró a Ricardo arrastrando otra caza en la oscuridad. Como siempre, se ofreció a ayudarle cargándola para que no revolcara las alfombras ni tirara los enseres al suelo. Pero esta vez hubo algo distinto, o más bien, idéntico. El mismo pelo rojo, los mismos ojos almendrados, la misma nariz larga. ¡Era la misma de la primera vez! Ricardo había traído a la misma de la primera vez que llegó de visita. Sin duda no era ella, pues Mario recordaba especialmente cómo se deshizo de los lamentables trozos al siguiente día, pero era tan parecida que bien podía ser ella o su hermana. Eso era el colmo. Mario soltó el cuerpo y la cabeza se azotó brutalmente contra el suelo, abriéndose y derramándose como un coco. Ricardo gruñó de rabia y soltó a su víctima con desgano. Los dos intercambiaron miradas de reproche.

Mario cerró los puños y comenzó a acariciarse el índice con el dedo pulgar, trazando círculos pequeños. Se lamió los labios como había visto hacer tantas veces a su amigo.

–Me parece que podría ser interesante un nuevo concepto: un escritor que mata a un asesino.


UN PARQUE

En un vecindario en el que se enfrentan el siglo XIX y el XXI, un parque ha quedado en medio de la contienda entre arquitecturas. Es un parque extraño, como el bosque encantado de un cuento, como un portal a las pesadillas de un niño. El aire huele a río y a pomarosa. Hay una fuente que escupe fuego en vez de agua y el suelo está sembrado de hoyos sin fondo, negros como la muerte. De los cauchos, los sicamoros y los naranjos cuelgan cosas extrañas; entre ellos una soga, un aro de metal y un espejo. A todas horas, extrañas criaturas saltan a nuestra tierra a través de aquel espejo, anunciadas por un estallido de luz roja.

En una mañana blanca como el velo de una novia, un pájaro de plumas amarillas salió disparado del espejo, seguido por un gato de cola bifurcada que corría con las fauces abiertas, dejando colgar una larga lengua negra. El pájaro amarillo zigzagueó entre los palos centenarios, se zambulló dentro del aro de metal, se entremetió por el nudo de la soga y se alzó contra la atmósfera para después precipitarse hacia abajo y zambullirse dolorosamente entre los arbustos. El felino hizo su parte: saltó entre los árboles, dejando las marcas blancas de sus zarpas sobre la corteza, se colgó del aro metálico, cortó la soga y finalmente saltó entre los arbustos espinosos, buscando su presa. La mañana se tiñó de rosa…

En una tarde dorada como la piel de un cacique, un pájaro de plumas verdes se lanzó del espejo, volando en confusión por entre las ramas y las hojas de los enebros. Después de él, un gato gris del tamaño de un ciervo saltó del espejo y corrió en su busca. Mantenía rectas ambas colas mientras acosaba a su presa con diabólica determinación. Finalmente, un giro en falso acabó con el pajarito estrellándose contra la dura corteza de un árbol y cayendo hacia uno de los infinitos agujeros. El gato gruñó enfurecido y galopó de vuelta al espejo. La tarde se tiñó de gris…

En una noche azul como el zafiro, un pájaro de plumas rojas salió expulsado del espejo a toda velocidad. Cuando recuperó la calma y el equilibrio, planeó lentamente entre los árboles, disfrutando el olor de las flores, se columpió por unos minutos en el aro metálico, sobrevoló los agujeros y flotó hasta las nubes. Hizo su nido por encima de las tormentas y empolló sus huevos en paz.

En una mañana roja como los ojos de un conejo, el gato de lengua negra emergió majestuosamente del espejo. Trepó por uno de los cauchos y llegó al cielo. El felino metió sus garras entre las nubes y escarbó hasta hallar al pájaro rojo y sus polluelos. Uno por uno, los pichoncitos fueron desapareciendo dentro de su boca. Así inició el duelo.

El pájaro rojo se encendió contra el gato y, embistiéndolo con todas sus fuerzas una y otra vez, lo obligó a bajar del árbol. La persecución era mutua, la guerra era sin tregua. El pájaro arrancó pelusa, apuñaló con el pico y con las garras, golpeó con las alas. El gato arrancó plumas, mordió, arañó, aporreó. Los dos animales se transformaron en un remolino ardiente.

Las plumas volaban por los aires, la sangre salpicaba la hierba. El ave roja era vencida. Se elevó entonces, por última vez, recolectando las fuerzas de la agonía, y voló tan rápido como pudo. El felino la siguió de cerca, trotando dejadamente, sabiéndose vencedor. Pero el ave comenzó a ganar fuerza, a ganar velocidad. Primero hizo revolotear las hojas de los árboles, luego arrastró tierra y piedrecillas, después cortó el viento y finalmente formó un vórtice abrumador. El gato gris encrespó su pelaje y gruño enfurecido. Se lanzó a la persecución, raudo como un sueño, y dio alcance al pájaro. Excitado por el triunfo se adelantó y saltó con todas sus fuerzas, antes de darse cuenta de que el pájaro sobrevolaba la fuente de fuego. En menos de un parpadeo, las llamas se tragaron a presa y cazador, fundiéndolos para siempre y consagrando su odio. La noche se tiñó de carmín…

Aquel espejo en aquel parque ya no centella de rojo. Ya no refleja nada: está cubierto de hollín.


"Start at the begining, finish at the end..."


miércoles, 15 de octubre de 2014

POR QUÉ ODIO LAS FIESTAS

POR QUÉ ODIO LAS FIESTAS

Opinión

No quiero ser la típica hipster/hater/inconformista/cínica que se precia de odiar algo sólo porque todos los demás lo aman. Pero resulta que lo soy. Desde hace unos años me gusta llevar la contraria y encontrarle defectos a lo que esté de moda. En este caso son las fiestas de fin de año (Día de Brujas, Navidad y Año Nuevo) que por cierto yo nunca he celebrado. ¿Y qué tienen de malo estas "felices" ocasiones de "paz y amor"?

En primer lugar la monotonía. Sí, ya sé que es una "tradición" y que es normal que sea repetitiva, pero uno creería que después pasar siglos de los siglos celebrando las mismas fiestas sin sentido alguien diría "¿saben qué? Al demonio. No soy un mal padre porque no le llevé a mi hijo el regalo prometido en Navidad. Mis hijos no serán los más infelices del mundo si no consigo un condenado árbol. El mundo no se acabará si no celebro el año nuevo. El treinta y uno y el primero son como cualquier quincena. Este año no quiero endeudarme por un montón de compromisos absurdos. Mis hijos no se morirán si no los disfrazo para que salgan a mendigar. No seré una fracasada si no tengo una cita para año nuevo. Resulta que después de todo no me gusta la idea de celebrar fiestas de brujas y espantos. Resulta que no trabajé todo el año para botar la prima en una sola fiesta. Dejemos toda esa mierda y este año ahorraré tiempo y dinero y gozaré de unas tranquilas vacaciones de invierno y en el verano usaré el dinero guardado para irme a unas vacaciones espectaculares." Pero no. Casi nadie dice eso. Sólo unos pocos se atreven. En casi toda cuadra del mundo esta el vecino "aguafiestas" que no pega ningún adorno en sus ventanas ni colabora pintando la calle o aportando para el árbol de la cuadra. Ese que mantiene las puertas cerradas y las luces apagadas el treinta y uno de octubre y que no tiene calabazas de cartulina pegadas a la puerta. Amo a ese vecino "aguafiestas" porque ese vecino suelo ser yo. De hecho me gustaría que por una sola vez en la vida hicieran una variación de la clásica película de Navidad cursi y esta vez mostraran la historia de una persona, o mejor aún, de una familia entera que no celebra las fiestas y que aún así disfruta estos meses con otras actividades, yendo contra la corriente e ignorando a los vecinos juzgones. No, no otra versión del Grinch en la que el escéptico acaba convirtiéndose al nativismo porque se le "ensancha el corazón". Una película en la que el escéptico permanece escéptico y no lo hacen quedar como un trastornado o un malvado por no tener "el espíritu de la Navidad".

En segundo lugar están las altas expectativas y los compromisos tácitos. Tu jefe, tus amigos, tus compañeros de trabajo, todos asumen que celebras las fiestas como "todo el mundo" y tratan de incluirte en actividades temáticas. Peor aún, en algunos ambientes de trabajo es OBLIGATORIO participar de las actividades, incluso te obligan a disfrazarte. Es humillante, realmente. Una de mis mayores preocupaciones cuando comience a trabajar es cómo lidiar con las malditas actividades de fin de año en las que te fuerzan a ponerte ese ridículo sombrerito de Navidad y cantar con los demás ("¡Arriba esas palmas que llegó Diciembre!" *escalofríos* *náuseas* *ganas de salir corriendo*). Ya es suficiente con que pongan el cielo rojo y el aire irrespirable a punta de pólvora y que nos revienten los oídos con sus equipos de sonido, ¿pero incluso deben atacarnos en nuestro trabajo o escuela? Yo digo: injusto. Injusto y arbitrario. No deberías asumir que a todo el mundo le tiene que gustar lo que a ti te gusta, creer lo que tu crees, festejar lo que tu festejas. Si crees que le haces un favor a la persona forzándola a participar... No. Sólo la harás sentir peor cuando tenga que rechazarte. Además TODO se vuelve temático (y para probar mi punto fue bastante difícil encontrar un píxel que no fuera de Halloween para poner en esta entrada). La televisión, la internet, los centros comerciales, TODO se viste del tema de temporada y no puedes mirar a casi ningún lado sin que tus ojos tropiecen con decoraciones estrambóticas. También está el hecho de que todos esperan que grandes cosas les pasen en estas fechas y luego se deprimen porque no suceden. Es como si creyeran que hay polvo de hadas o algo así flotando en el aire y que si tan sólo piensan cosas positivas van a arrancar volando. Eso sería muy positivo si después no se entristecieran y se enojaran cuando eso obviamente no sucede. Muchas personas incluso intentan suicidarse porque "esta Navidad fue terrible y eso es inaceptable. Si cualquier otro día es terrible puedo seguir adelante pero si es el 24 de diciembre entonces he fracasado en la vida."

El despilfarro es la tercera cosa. No sólo todo el mundo asume que tú también celebras y te mantienen despierto hasta las cuatro de la madrugada, no sólo te juzgan por no orinarte de felicidad porque llegó esta época, sino que además los precios suben hasta los cielos y no se puede comprar nada ni contar con nadie (porque oye, es Año Nuevo, hoy no se trabaja) y ni soñar con pedir algo al exterior porque te llegará en marzo. Todo está atestado, ruidoso, brillante hasta marear y pintado de los mismos colores y con las mismas figuras en un patrón infinito, como una impresora que sólo tiene dos cartuchos de tinta. Y en enero o febrero vienen las quejas, el arrepentimiento y los juramentos de nunca volver a gastar tanto ni a excederse tanto con los placeres. Si yo trabajara febrero sería mi momento de gloria para restregarles a todos los que no me dejaron dormir el treinta y uno y el primero que yo todavía tengo mi prima completita y que no les voy a prestar ni un centavo. Bailaría sobre mi olla de oro como un duendecillo, sin dejar que nadie la tocara. Oh, qué hermoso sería.

Los falsos ideales de amor y paz son la cuarta razón. En realidad el fin de año es la época más peligrosa. La gente está borracha, irritable y violenta. En estas fechas "felices" me han robado a punta de escopeta y extraños en la calle me han bombardeado con petardos de pólvora. Me han tirado agua y harina sobre la ropa, me han matado a mis peces con la contaminación en el aire y me ha tocado quedarme encerrada varios días seguidos por miedo al peligro que hay en las calles. "Noche de paz, noche de amor" mis polainas.

¿La quinta razón? El 25 de diciembre cumplo años. Así es, en el peor mes del año, además de pasarlo de cuadritos con el tema de la Navidad, me hago más vieja. Mi odio por diciembre no conoce límites humanos.

"In this town of Halloween."


viernes, 10 de octubre de 2014

KUKULA

KUKULA

Arte

La historia de la artista israelí Kukula es bastante peculiar. Nacida en un pueblo a una hora al norte de Tel Aviv, vivió su infancia rodeada de gente mayor, en su mayoría jubilados sobrevivientes del Holocausto. Una experiencia que tuvo consecuencias en su educación infantil, alimentada de igual manera por cuentos de princesas y los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Pero ¿cómo conciliar la niñez con tan dura realidad? Cada uno tiene sus métodos; Kukula también. Para ella el arte se transformó en una vía de escape. “A la edad de dieciocho años, me decidí a estudiar en vez de alistarme en el ejército, como se suponía que debía hacer, porque en el ejército no me dejaban traer a mis muñecas durante la formación básica”, explica.

Fue entonces como tras recibir su título en ilustración en Vital-Shenkar, se traslada a la bahía de San Francisco (USA) donde reside actualmente y da forma sobre lienzo, cartón o chapa de madera a sus muñecas, o mejor dicho, a sus niñas-mujeres dulces y perversas.

Después de recibir un título en ilustración en el 2003 en Vital-Shenkar, Kukula se traslada a la bahía de San Francisco donde reside actualmente. Ha trabajado con galerías como CoproNason, Corey Helford, Thinkspace, Shooting Gallery y Roq La Rue.

La pinturas de Kukula se centran en lo femenino. Sus mujeres-niña se asemejan a inocentes muñecas con cierto aspecto malvado y perverso. Trabaja con lápiz, papel, pinceles y acrílicos sobre lienzo, cartón o chapa de madera. Sus personajes femeninos rebosan erotismo e incluso algo de fetichismo. Kukula viste a sus niñas-mujer con ropa de época que en muchas ocasiones no oculta los delicados atributos de estas. Estas están a menudo rodeadas de objetos con un significado simbólico que a menudo resulta bastante oscuro.

Galería












Kukula sitio oficial

miércoles, 8 de octubre de 2014

RAY CAESAR

RAY CAESAR

Arte

Autobiografía

Nací en Londres, Inglaterra el 26 de octubre de 1958, el más joven de cuatro hijos y para sorpresa de mi padre, yo nací  perro. Este desafortunado giro de los acontecimientos pronto fue aceptado dentro de mi familia y no fue mencionado jamás en presencia de gente educada. Yo era un joven revoltoso como es natural a mi raza, pero mostré un buen interés en las artes así que dibujaba incesantemente sobre cualquier cosa, incluyendo las paredes y los pisos de todas las habitaciones de nuestra pequeña casa. Después de algunos problemas con vecinos intolerantes, mi familia se convenció de mudarse a Canadá y no pasó mucho tiempo antes de que la floreciente ciudad de Toronto se convirtiera en nuestro nuevo hogar.

Desafortunadamente el dibujo continuó para convertirse en algo un tanto atípico y aberrante, y me hicieron saber que tales imágenes podrían no ser adecuadas para ser vistas en público. En el verano del 69, se hizo un valiente intento de evitar que hiciera garabatos de dictadores fascistas despreciables e infames boca abajo sobre mi vientre con un bolígrafo. Me consoló sin embargo el estímulo que recibí para continuar dibujando a lápiz los rostros de vaqueros extravagantes como Gene Autry, Roy Rogers, El Llanero Solitario y Toro en mis uñas de los pies, pero estaba  expresamente prohibido hablar con ellos por la noche.

Se puede decir que hay momentos decisivos en la vida de los perros que sólo pueden ser descritos como fundamentales. El mío vino cuando recibí de regalo un muñeco humano movible hecho de plastico y de músculos entonados de 12 pulgadas vestido con un uniforme militar de tela barata llamado "GI Joseph". Sin embargo yo lo nombré "Stanley Mulver" e inmediatamente renunció a su cargo en la infantería ligera. Mi madre ayudó cosiendo pequeños trajes empresariales y tela sobrante de bordados de Navidad  con acebo y muñecos de nieve, zapatos de papel de aluminio y un traje de Safari de muy buen gusto hecho de apretada rayón polvo azul que orgullosamente brilló como cobalto a la luz del sol de verano. No pasó mucho tiempo antes de que comenzara con la fabricación de grandes pelucas de plastilina gris. Estas pelucas pronto se convirtieron en enormes copetes para Stanley y parecían aún más grandiosas cuando les incrustaba meticulosamente vellos de mi cuerpo y cara extraídos durante las afeitadas  diarias. Esta práctica hirsuta junto con caminar erguido (recuerden que soy un perro) me permitió encajar con otros niños, aunque mi padre lo consideraba una pérdida de tiempo. En resumen, Stanley se había convertido en el rostro del hombre que nunca podría yo ser, de ese elusivo yo que a veces uno vislumbra por el túnel de los espejos infinitamente reflejados. Aunque ridiculizado por mis compañeros, llevaba con orgullo a Stanley alrededor de mi cuello en todo momento como si dijera: "¡MIREN! Este es el hombre que seré, un buen hombre, un buen hombre".

He trabajado en muchos campos en los últimos años, asistido a clases de obediencia y a escuelas de arte, he tenido trabajos de diseño de horribles edificios en estudios de arquitectura, instalaciones de arte médicas, oficinas de servicios digitales, sospechosas empresas de juegos de ordenador de casinos, con algún tiempo trabajando en el modelado por ordenador, animación digital y efectos visuales para la televisión y el cine. He alcanzado algunas nominaciones a premios y esto me ha llevado a ser conducido en largas limusinas negras llenas de licor y a caminar sobre las patas traseras a lo largo de alfombras rojas en Pasadena llevando un esmoquin alquilado de extraño olor.

Las cosas cambian y los años de verano llegan a su fin. Mi cambio ocurrió una noche cuando mi madre me visitó, lo cual fue un poco inusual porque ella había fallecido unos meses antes, víctima al hábito del cigarrillo que ella nunca pudo dejar. Estaba frente a una pared y girando lentamente vi el lado derecho de su cara ardiendo en llamas a la luz y su mano trataba de cubrir la luz, como si ella se disculpara por dejar que la luz se filtrara a través de ella.Se dijeron palabras acerca de seguir conejos por  agujeros y se me mostraron galerías de trabajo que iban a ser las mías. Mi madre no era la primera visita que he tenido y me parece que no será la última.

Ahora vivo en una casa de ladrillo con mi maravillosa esposa Jane y un coyote llamado Bonnie. Me gusta comer aguacates y realmente no me importa ser un perro.


Biografía

Este genial artista crea imágenes en 3D de criaturas fantásticas en un universo enigmático que sorprenden por su creatividad. La principal influencia de su obra fue el trabajo que desempeñó en el Sick Children Hospital de Canadá, como integrante del departamento de fotografía, durante 17 años. 

“Un día tenía que tomar imágenes de un chico maltratado y otro de los cables y tubos que mantenían con vida a un recién nacido para crear un diagrama técnico que sirviera como herramienta de enseñanza para las enfermeras– describe el artista-. También podía llegar a trabajar con un neurocirujano para crear una animación de la extracción criogénica de un tumor cerebral. Dejé el trabajo cuando unas imágenes forenses me impresionaron demasiado. Pensaba que lo había visto todo pero esas imágenes me desafiaron para comenzar otro viaje”.

Sin embargo aunque los personajes del trabajo actual de Ray Caesar parezcan infantes, él explica que no es así: 

“No son niños, yo pinto el alma humana. Esa atractiva imagen de la parte oculta de nosotros mismos. Algunos los llamaron fantasmas o espíritus pero yo los veo como el reflejo de lo que realmente somos, con los objetos y contusiones que llenan la vida de cada uno”.

Cuando era chico Ray Caesar dibujaba, esculpía en plastilina y usaba papel de estaño para modificar los cuerpos de las muñecas de sus hermanas. En su entrevista con la revista Webesteem Magazine, el artista contó que en un oportunidad usó plastilina gris sobre una pelota de fútbol para crear una “cabeza de Frankestein”. Luego rellenó ropa con papel para agregarle un cuerpo, acostó el muñeco en su cama y salió de su casa. Cuando volvió, su padre estaba furioso con él porque al entrar a la habitación había tenido la impresión de que Ray estaba muerto en su cama. 

Antes de que Caesar comenzara a exponer sus obras en galerías de arte, trabajó haciendo efectos especiales para la productora GVFX, en Toronto. Allí animó personajes para cine y televisión y fue nominado para los premios Emmy, Gemini y Monitor por un show llamado Total Recall 2070 para el que creó vistas aéreas de las ciudades futuristas de Blade Runner, de Philip K. Dick.

Actualmente Caesar crea los modelos en 3D a modo de esculturas digitales y luego los colorea usando texturas fotorealistas. Cada modelo está construido sobre un esqueleto invisible que le permite colocar a sus personajes en la posición deseada antes de “retratarlos”. Estos personajes toman formas fantásticas entre delicados y siniestros con una estética que incluye detalles propios de los retratos de la época de la Revolución Francesa, fusionándolos con insectos que le dan un aspecto algo monstruoso. Pero el artista viene creando desde antes de que se popularizaran las PC y tiene obras realizadas a mano en distintos materiales como pintura al óleo, acrílicos, tinta y otros.

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