domingo, 19 de octubre de 2014

CUENTOS

CUENTOS

Literatura

Una colección de algunos de mis cuentos cortos:

DESPERTAR CONTIGO

Cuando despertó a su lado vio que estaba muerta. Se pasó las manos por el rostro, preguntándose dónde estaba. El cielo raso picado de estuco no se le hacía familiar. Volteó a ver a su madre. El cuerpo se derramaba apaciblemente sobre la sábana. Se levantó, calzando el zapato izquierdo antes que el derecho. Al ponerse de pie, un picante cosquilleo en la cabeza lo obligó a sentarse de nuevo sobre la cama. Tenía la garganta amarga y seca. Volvió a incorporarse y salió del cuarto. El murmullo tranquilo de la calle arrullaba el silencio del hogar. Quietud, por fin quietud. Llegó al comedor. Los brazos le colgaban a los lados como miembros ajenos a su cuerpo. Se sentó a la mesa y suspiró pesadamente. Desde el asiento, la perspectiva del espejo de cuerpo entero de Beatriz le permitió verla. Casi le sorprendió comprobar que no se movía. 

En la cocina recogió los pocillos de flores y los vació de su contenido. Para él había resultado inútil. Tomó una fotografía que colgaba de un imán en la puerta de la nevera y descolgó un rosario de un clavo en la pared. Volvió a la habitación y sujetó a Beatriz por la cintura para colocarla en el centro de la cama. Le juntó los talones, le enredó los dedos sobre el pecho y colocó el rosario sobre los nudillos y apoyó la foto contra la almohada. Una vez la vio primorosa como una santa, regresó a la cocina. Todavía quedaba en la jarra de café un concho de nata azulosa. Apoyó las manos en el mesón como si hubiera perdido súbitamente las fuerzas, pero rápidamente se recuperó y llenó un pocillo, el que no tenía labial en el borde. Apuró la bebida y fue a recostarse en la alfombra al pie de la cama. Acomodó las manos debajo de la nuca y cruzó las piernas como alguien que tiene un solo lugar al cual ir.


EL CALOR

El incendio comenzó junto al pupitre de Malena Cortázar. Conectar su teléfono a las defectuosas y viejas conexiones eléctricas del tercer piso del bloque A tuvo como castigo que una enorme chispa saltara a la alfombra y se incendiara justo debajo de ella. El fuego se prendió de su falda y las llamitas subieron por su uniforme velozmente, hasta casi consumirla. Cundió el pánico entre los alumnos cuando los esfuerzos de la maestra por salvarla sólo consiguieron avivar el fuego, quemarle las pestañas y chamuscarle la camisa. Los chicos corrieron hacia la puerta y se amontonaron en el pasillo, arrastrándose penosamente hacia delante como un ciempiés gordo y torpe.

Carla Méndez se quedó petrificada en una esquina del salón mirando fijamente el cuerpo llameante de Malena. Marcos Brunal se quedó con ella. Nadie sospechaba que fueran amigos o algo más, a duras penas se hablaban, pero él fue el único que se quedó. Marcos la jalaba de la manga del la camisa, la agarraba del codo e intentaba alzarla, pero ella permanecía inmóvil. Sólo temblaban sus manos y sus labios se abrían y cerraban como la boca de un pez. Finalmente, el humo tumbó al chico sobre sus rodillas y al instante lo dejó tendido sobre la alfombra. Brunal recostó la cabeza a los pies de Carla y cerró los ojos para siempre. Ella cayó a su lado pocos minutos después y ambos se abrasaron lentamente.

La cuarta víctima fue María Ponce, que corría detrás de los otros para salvarse. El techo se derrumbó sobre ella, ella sola, y las latas y los alambres enrollados en una viga de metal la cubrieron por completo, como una enredadera seca a un árbol caído. El cielo-falso de icopor se derritió rápidamente y empezó a llover en forma de gotitas calientes y grises. Los estudiantes se precipitaron escaleras abajo, rodando sobre los escalones, pisándose unos a otros mientras unos pocos maestros gritaban con sus heridas gargantas que mantuvieran la calma. El atronador campaneo de la alarma de incendios resonaba con los gritos en una sinfonía de terror.

Amanda Salas fue la quinta en morir. En cuanto pudo salir de su salón de clases se precipitó por el pasillo en contra de la marea de estudiantes, y braceando como enloquecida, llegó a la puerta de la biblioteca. La manija estaba caliente pero ella abrió y se sumergió entre los estantes. Miraba las portadas, giraba la cabeza confusamente y acariciaba los lomos con los dedos. Finalmente, su mirada ansiosa encontró un lomo negro que decía: “La GRAN Aventura de Amanda Sykes”. Jaló el libro hacia ella y lo sostuvo con fuerza, mirando fijamente la tapa negra y roja. Se metió su tesoro dentro de la blusa y corrió apresuradamente hacia la puerta, pero esta vez la manija del picaporte le quemó la mano y la hizo aullar de dolor. Retrocedió, con lágrimas tibias en los ojos, y corrió hacia la única ventana que no tenía rejas. Estaba entreabierta, pero un solo vistazo hacia los 12 metros de caída sobre una cancha de pavimento la disuadió de saltar. Abrazó el libro a través de la blusa y se arrodilló en una esquina alejada de la puerta. El humo corría por encima de su cabeza y huía por la ventana. El oxígeno escapaba a la absorción de su sistema respiratorio para ir a alimentar el fuego. Amanda lloraba ya a moco tendido y sacó el libro de su resguardo para abrirlo en la página 243, la última. 

“Y ella lo miró con una sonrisa de inusitada felicidad. Finalmente lo había encontrado.”-leyó.

Una mueca parecida a una sonrisa quedó tallada para siempre en el rostro de Amanda cuando cayó fulminada sobre el libro abierto.



Al memorial asistieron casi todos los alumnos de la escuela junto con una multitud de padres y vecinos. Por un par de horas todos dejaron atrás las amenazas de demandas y las búsquedas de culpables para honrar a los difuntos. Las eternas preguntas sobre la vida y la muerte fueron planteadas por la boca del cura. Los cinco ataúdes estaban cerrados, incluyendo el de Amanda Salas, a la que fue imposible removerle el libro del pecho. Las páginas de la novela se le habían fundido en el corazón.

Uno de los maestros estaba inconsolable. El señor Mendoza apretaba el puño cerrado dolorosamente contra los labios mientras las lágrimas rodaban por su rostro como ríos.

-Yo le mostré el libro, yo se lo dí, el de Amanda Sykes -repetía en voz baja-. No puedo olvidarlo.

Y seguía temblando y resoplando aterrorizado.

Pasaron meses antes de que la escuela reabriera sus puertas y recibiera a los estudiantes que no pudieron conseguir un traslado. Unos pocos, los sobrevivientes de la tercera planta, aún temblaban al recordar el olor a carne quemada, a plástico fundido. ¡El calor! El piso calcinado estaba sellado, las escaleras de acceso fueron bloqueadas con cintas de peligro y tablones de madera, pero desde afuera los vidrios ahumados por el hollín aún dejaban entrever paredes negras y metales retorcidos. Y por años, muchos siguieron estremeciéndose al recordar aquel día de furia y de calor.


LA CASA DE MADERA

Había una vez una familia de hombres y mujeres. La familia no tenía hogar, así que las mujeres decidieron que había que hacer una casa. Los hombres decidieron hacer la casa de madera. Las mujeres pensaron que era mala idea porque los hombres no sabían construir casas de madera, pero como construir casas es cosa de hombres, ellas se dedicaron a servir cerveza y limonadas. Una vez la casa estuvo terminada todos se mudaron allí. Como los hombres no sabían construir casas de madera, entre muchas otras cosas, la plomería quedó defectuosa. Como las tuberías estaban defectuosas, goteaban. Como las tuberías goteaban, los muebles y los cimientos de la casa empezaron a descomponerse. Los hombres decían que limpiar la humedad era cosa de mujeres y no hicieron nada. Las mujeres decían que arreglar plomerías era cosa de hombres y tampoco hicieron nada. Finalmente todos dijeron “que se haga lo que Dios quiera”, pero como Dios no es un plomero ni un empleado doméstico, la casa se cayó.


LA MIRADA

El padre de Michael no podía pasar demasiado tiempo con él, así que el niño pasaba mucho tiempo solo y no hacía más que mirar fijamente cualquier objeto que tuviera en frente. Escudriñaba atentamente cada círculo infinito de la vajilla, cada espacio entre las fibras de la alfombra, cada esquina punzante de la mesa. Durante su estricto examen, a Michael le temblaban levemente los labios y sus familiares se preocupaban. Lo alzaban del suelo y lo sacudían, pero sus ojos no dejaban el objeto de su escrutinio. Finalmente se rindieron y lo dejaron que hiciera lo que quisiera. Mientras comiera y se fuera a la cama a su hora, nadie se atrevía a molestarlo. Sus hermanos mayores comenzaron a tenerle muchísimo miedo. Pensaban que estaba poseído por algo que no podían describir. Mudo, los ojos de Michael brillaban con agudeza y sus labios se movían como si pronunciara un conjuro. Al acercarle un día el oído al rostro, el padre de Michael descubrió que recitaba números. “8, 5, 4, 4, 3, 9, 1, 2, 8…” El caballero se sintió profundamente perturbado y preguntó a su madre y a su hermana lo que le sucedía el niño, sin que ninguna de las dos pudiera darle respuesta. Sujetó a su hijo de los hombros y le habló, le gritó, pero los ojos de Michael continuaron perdidos en los zapatos de su padre. Su mirada se hundía entre el cuero y sus elementos, separaba los átomos, los neutrones, los bosones, penetraban la alfombra, el suelo, el subsuelo, el centro de la tierra, las superficies, la atmósfera, adivinaba la composición del espacio, atravesaba la materia oscura, viajaba por miles de universos en los que miles de Michaels lo miraban a su vez y él seguía contando cada partícula, cada molécula, cada segundo, cada centímetro, cada haz de luz, cada par de ojos, azules como los suyos, que lo escudriñaban desde el otro lado del infinito.


NOVELA DE AMOR

Una vez me sorprendió la madrugada leyendo una novela de amor. Me fui a la cama con el libro y lo puse junto a mí. Cerrando los ojos, en mis párpados se proyectaron imágenes de un diván blanco cubierto de blandas almohadas de plumas. A los pies del mueble había una piscina circular de aguas color esmeralda, resguardada por ligeras cortinas albas. Me sumergí. De repente entró a la estancia un monstruo como un dragón. Temí por mi vida pero él pasó a mi lado, y al recostarse en el diván se había transformado en un joven. Miró en dirección mía y se quedó quieto. Mi temor se fue disipando poco a poco y finalmente extendí mis manos hacia él para que me sacara del agua. Pero sus ojos no se movían. Estando dentro de aquella piscina yo era invisible. Me sumergí hasta el fondo, en silencio.


TE AMO

Ana leyó la línea en la pantalla una y otra vez sin salir de su asombro. A través del brillo fantasmal del monitor se podía leer: “Esto no es sencillo de decir. De hecho, nunca pensé que fuera a pronunciar estas palabras. Te amo. Te amo y no puedo evitarlo”. Un cosquilleo hace tiempo olvidado recorrió su cuerpo. No podía creer que realmente estuviera pasando, pero allí estaba, frente a sus ojos, la declaración de amor del hombre de sus sueños. Él era guapo, rico, problemático, fuerte, interesante, sensible, atormentado, sensual. Era todo lo que Ana había soñado y temido en un hombre. Se llevó la mano al corazón. Le dolía por la súbita e inusitada felicidad. Recordó todo lo que la había llevado a ese momento: cómo seleccionó a Evan entre otros cuatro chicos igual de guapos sólo porque pensó que él –con su sonrisa macabra y ojos tristes- era el más especial de todos. Recordó todo lo que había pasado en nombre del amor: aguantó sus caprichos de niño mimado, sus órdenes, sus burlas crueles, sus insultos y a veces, incluso, su violencia. Y lo que más le dolía: el vacío que experimentaba cada vez que se agotaba el tiempo para estar juntos y ella tenía que dedicarse a escribir un reporte o simplemente apagar la computadora para irse a dormir. Sus sueños eran invadidos por él. Evan con su pelo gris y sus ojos violetas, vestido de conde victoriano, su femenino rostro cubierto levemente por el ala de un tricornio emplumado, sus dedos llenos de anillos de brillantes, sus románticas alas de murciélago. Ana había dedicado la mayor parte de sus horas de descanso a la conquista de este magnífico joven que el mundo virtual le había hecho posible conocer. En el monitor, Evan se sonrojó ostensiblemente, pero se contenía para no explayarse en derroches de cariño. “¿Y bien? ¿Te quedaste muda?” apareció en la pantalla. El joven hablaba con su arrogancia usual. Ana examinó las tres respuestas predeterminadas que aparecían en la pantalla y seleccionó la que le pareció más honesta y que sabía que a él le gustaría. “Claro que enmudecí, nunca te había visto sonrojar.” Él enrojeció aún más y desvió la mirada para que el amor no se le desbordara por los ojos. Acabó por sonreír y logró verla de frente. “Es porque nunca me había enamorado”, admitió. Ana se sintió morir. Con un gran suspiro, dio un clic y la amorosa imagen de un beso apareció en la pantalla. Una joven rubia, que no se asemejaba en nada a Ana, aparecía envuelta en los fuertes brazos de Evan mientras él extendía sus demoníacas alas negras a la luz de la luna. “Fin del juego. ¿Quieres volver a empezar?”


SUBE LA ESCALERA

En cierto barrio de las colinas suelen hacerse escaleras de piedra, cemento y madera en las pendientes más inclinadas para facilitar el tránsito a pie. En una cuadra de este barrio, donde la caída es casi vertical, hay una escalera de cien peldaños.

La escalera se terminó el cinco de mayo de 2010. Ese día, el empleado de la construcción estaba esperando a que se secara el último escalón, cuando distraído se apoyó en este y su pie se hundió en el cemento blando. Perdió el equilibrio y los cien escalones que él mismo había construido le molieron los huesos y le reventaron el hígado. Cayó a los pies de su construcción tan descuajaringado como un muñeco de trapo. Al día siguiente hubo una pequeña ceremonia para recordar al difunto y desde entonces la escalera estuvo marcada por el estigma de la tragedia. Los vecinos rumoreaban que el fantasma del constructor se pasaba las madrugadas recorriendo la escalinata, penando. 

Los niños, que gustan de probar su valentía y fuerza, se retaban a realizar la hazaña de subir y bajar los cien escalones en un minuto. El diez de mayo uno de los niños se tropezó en el segundo escalón y cayó de cara contra el pavimento. Se le quebró la nariz y el puente se le hundió en el cráneo.

Luego del segundo memorial, los vecinos colocaron una cerca de maderos y cintas amarillas de peligro para evitar el uso de la escalera, pero no faltaba el escéptico, el desentendido o el que simplemente estaba tan apurado que no tenía tiempo para supersticiones. Hombres, mujeres, niños y ancianos. Cada pocos días había una nueva muerte y siempre tropezaban de la manera más absurda e inexplicable en el escalón contiguo al que había provocado la muerte de la víctima anterior.

La situación se repitió durante dos meses. Los habitantes de la cuadra ya contaban 10 muertos y se empezó a pintar de negro los escalones y a adornarlos con cruces blancas y con los nombres de las víctimas. La maldición era inmarcesible y los vecinos vivían entre la resignación y el espanto. No pocos alquilaron o abandonaron sus casas para ir a calmar los nervios en barrios más pacíficos.

Así pues los escalones negros fueron de boca en boca, sembrando el terror entre los niños y entreteniendo a los adultos de todo el sector con los detalles morbosos de las muertes. Se trajeron curas y brujos para exorcizar la escalera maldita. Todos llegaron con su arsenal de aguas, yerbas y humos mágicos; en vano fue. Los rezos –cristianos y paganos- tampoco surtieron efecto y pasaron los meses y los años y los cien escalones, en su totalidad, se enlutaron de negro y de rojo sangre. Así las “cien cruces” se volvieron leyenda urbana.

La madrugada del veinte de enero de 2013 un anciano que padecía insomnio se asomó por su ventana y –dice él- vio a los muertos de la escalera sentados cada uno en su escalón. Todos tenían las heridas que provocaron su muerte y algunos apenas podían permanecer en posición debido a lo descoyuntado de sus miembros. Así, deformados, tristes y callados se fueron disolviendo uno por uno, empezando desde el número cien, hacia arriba, convirtiéndose en una espesa sustancia blanquecina.

A la mañana siguiente la escalera estaba totalmente blanca. Se habían ido las cruces, los nombres y las ofrendas a los muertos. También la cerca desapareció. Sólo quedaba en la cima la huella que dejó Elviro Castro, el constructor, cuando hundió su pie en el primer escalón casi 3 años atrás.

La noche del veintidós una mujer que iba muy apurada quiso cortar camino subiendo la escalera…


UN BUEN ESCRITOR

Él tenía la costumbre de acompañar a Ricardo en sus rituales. Era su privilegio asistir a los descuartizamientos de las presas recién cazadas. “Así es como se hace, comenzando por romper las coyunturas” decía él. Mario asentía cautelosamente, mirándolo sin responder. No le molestaba demasiado que salpicara las paredes con la sangre de la víctima del día. Eso se podía limpiar, pero su reputación no. Lo que le molestaba era la monotonía. Su amistad con Ricardo no tenía otro propósito que inspirar las historias de sus novelas, pero últimamente se estaba quedando sin material. Ya no podía seguir explotando el argumento fácil del asesino psicópata. Estuvieran en la piel de una anciana, de un niño, de una lesbiana, de un japonés, de un futbolista o de un bailarín, todos sus asesinos estaban inspirados en Mario y sus artes de carnicero. Y los críticos comenzaban a notarlo. Todos tenían la misma obsesión por la limpieza y el orden. Todos eran meticulosos y ceremoniales. Tenían tantas reglas sobre cómo hacer la faena como las hay para comer correctamente el sushi. En definitiva, eran todos iguales.

Hace tiempo que se había agotado la originalidad de “escribir desde el punto de vista del asesino.” El público ya sabía qué esperar de sus novelas y su editor comenzaba a pedirle algo diferente. De poco sirvieron las largas y tediosas entrevistas con Ricardo. Fueron inútiles sus esfuerzos por penetrar la mente retorcida o el pasado tormentoso que pudiera haber detrás. Ricardo había tenido una infancia feliz, fue popular en la secundaria, jamás lo matonearon, obtuvo excelentes calificaciones en la universidad, su tesis fue un éxito, consiguió trabajo fácilmente, nunca pasó hambre, nunca le faltaron amantes, su carrera iba viento en popa. Incluso hubieran podido trabajar para la misma casa editorial: tenían prácticamente los mismos títulos y la misma experiencia. A Mario no le gustaba pensar en eso.

Especuló que caería de perlas revertir la fórmula y comenzar a “escribir desde el punto de vista de la víctima.” Fue imposible. Ricardo se negaba rotundamente a dejar que su amigo se inmiscuyera en la profunda y sagrada relación que tenía con su captura. Sólo él podía manipular el cuerpo desnudo y mancillado, sólo él podía pronunciar las profanas palabras rituales. Ya era bastante con que le permitiera a Mario observar desde la habitación contigua y tomar notas en su agenda. “Te estoy dejando que me veas desnudo, ¿sabes? Para mí es como si te permitiera espiarme mientras me baño”, le echaba en cara cada vez que pretendía intervenir. Era inútil pedirle que variara el modus operandi. “Si los dejaras vivir por un poco más de tiempo… Si los ataras en vez de perseguirlos… Si los golpearas con más fuerza… Sería interesante si guardaras una uña como trofeo.” Indistintamente las sugerencias iban a parar a los archivos del olvido.

Mario comenzaba a frustrarse. Cada segundo sábado del mes se despertaba a la madrugada oyendo golpes sordos en el piso de abajo. Entonces cubría su desnudez con una bata y se precipitaba escaleras abajo escapándose de resbalar en sus medias de lana. El holocausto ya venía con la lengua cortada y la boca convertida en un pozo rojo, imposibilitado para proferir cualquier grito de auxilio. Tenía que ayudar a arrastrarlo hasta el pequeño salón y después apresurarse a por su agenda y su pluma fuente. Arrastraba una silla de plástico hasta el agujero practicado en la pared a modo de mirador y comenzaba el cuestionario de rutina: “¿dónde encontraste a éste? ¿qué hacía? ¿sabes cómo se llama? ¿se resistió mucho? ¿te hizo correr?” Se había acostumbrado a traducir al castellano las respuestas que Ricardo le daba con la voz distorsionada por la emoción. A lo que no se acostumbraba era a la peste de sangre, sudor y lágrimas que se escapaba por el agujerito como una descarga de gas tóxico. Y luego él a limpiar, a esconder todo, porque el principito era incapaz de recoger su propio desorden. Usualmente lo confortaba que sus anotaciones le darían material para escribir una nueva obra maestra del thriller, pero ya no tenía tal consuelo. Su nombre como escritor comenzaba a ser noticia de ayer.  Su obra era igual de relevante que aquellas víctimas anónimas recogidas de los parques y las banquetas.

Un sábado, cuando bajó las escaleras siguiendo el estallido de un vidrio roto, encontró a Ricardo arrastrando otra caza en la oscuridad. Como siempre, se ofreció a ayudarle cargándola para que no revolcara las alfombras ni tirara los enseres al suelo. Pero esta vez hubo algo distinto, o más bien, idéntico. El mismo pelo rojo, los mismos ojos almendrados, la misma nariz larga. ¡Era la misma de la primera vez! Ricardo había traído a la misma de la primera vez que llegó de visita. Sin duda no era ella, pues Mario recordaba especialmente cómo se deshizo de los lamentables trozos al siguiente día, pero era tan parecida que bien podía ser ella o su hermana. Eso era el colmo. Mario soltó el cuerpo y la cabeza se azotó brutalmente contra el suelo, abriéndose y derramándose como un coco. Ricardo gruñó de rabia y soltó a su víctima con desgano. Los dos intercambiaron miradas de reproche.

Mario cerró los puños y comenzó a acariciarse el índice con el dedo pulgar, trazando círculos pequeños. Se lamió los labios como había visto hacer tantas veces a su amigo.

–Me parece que podría ser interesante un nuevo concepto: un escritor que mata a un asesino.


UN PARQUE

En un vecindario en el que se enfrentan el siglo XIX y el XXI, un parque ha quedado en medio de la contienda entre arquitecturas. Es un parque extraño, como el bosque encantado de un cuento, como un portal a las pesadillas de un niño. El aire huele a río y a pomarosa. Hay una fuente que escupe fuego en vez de agua y el suelo está sembrado de hoyos sin fondo, negros como la muerte. De los cauchos, los sicamoros y los naranjos cuelgan cosas extrañas; entre ellos una soga, un aro de metal y un espejo. A todas horas, extrañas criaturas saltan a nuestra tierra a través de aquel espejo, anunciadas por un estallido de luz roja.

En una mañana blanca como el velo de una novia, un pájaro de plumas amarillas salió disparado del espejo, seguido por un gato de cola bifurcada que corría con las fauces abiertas, dejando colgar una larga lengua negra. El pájaro amarillo zigzagueó entre los palos centenarios, se zambulló dentro del aro de metal, se entremetió por el nudo de la soga y se alzó contra la atmósfera para después precipitarse hacia abajo y zambullirse dolorosamente entre los arbustos. El felino hizo su parte: saltó entre los árboles, dejando las marcas blancas de sus zarpas sobre la corteza, se colgó del aro metálico, cortó la soga y finalmente saltó entre los arbustos espinosos, buscando su presa. La mañana se tiñó de rosa…

En una tarde dorada como la piel de un cacique, un pájaro de plumas verdes se lanzó del espejo, volando en confusión por entre las ramas y las hojas de los enebros. Después de él, un gato gris del tamaño de un ciervo saltó del espejo y corrió en su busca. Mantenía rectas ambas colas mientras acosaba a su presa con diabólica determinación. Finalmente, un giro en falso acabó con el pajarito estrellándose contra la dura corteza de un árbol y cayendo hacia uno de los infinitos agujeros. El gato gruñó enfurecido y galopó de vuelta al espejo. La tarde se tiñó de gris…

En una noche azul como el zafiro, un pájaro de plumas rojas salió expulsado del espejo a toda velocidad. Cuando recuperó la calma y el equilibrio, planeó lentamente entre los árboles, disfrutando el olor de las flores, se columpió por unos minutos en el aro metálico, sobrevoló los agujeros y flotó hasta las nubes. Hizo su nido por encima de las tormentas y empolló sus huevos en paz.

En una mañana roja como los ojos de un conejo, el gato de lengua negra emergió majestuosamente del espejo. Trepó por uno de los cauchos y llegó al cielo. El felino metió sus garras entre las nubes y escarbó hasta hallar al pájaro rojo y sus polluelos. Uno por uno, los pichoncitos fueron desapareciendo dentro de su boca. Así inició el duelo.

El pájaro rojo se encendió contra el gato y, embistiéndolo con todas sus fuerzas una y otra vez, lo obligó a bajar del árbol. La persecución era mutua, la guerra era sin tregua. El pájaro arrancó pelusa, apuñaló con el pico y con las garras, golpeó con las alas. El gato arrancó plumas, mordió, arañó, aporreó. Los dos animales se transformaron en un remolino ardiente.

Las plumas volaban por los aires, la sangre salpicaba la hierba. El ave roja era vencida. Se elevó entonces, por última vez, recolectando las fuerzas de la agonía, y voló tan rápido como pudo. El felino la siguió de cerca, trotando dejadamente, sabiéndose vencedor. Pero el ave comenzó a ganar fuerza, a ganar velocidad. Primero hizo revolotear las hojas de los árboles, luego arrastró tierra y piedrecillas, después cortó el viento y finalmente formó un vórtice abrumador. El gato gris encrespó su pelaje y gruño enfurecido. Se lanzó a la persecución, raudo como un sueño, y dio alcance al pájaro. Excitado por el triunfo se adelantó y saltó con todas sus fuerzas, antes de darse cuenta de que el pájaro sobrevolaba la fuente de fuego. En menos de un parpadeo, las llamas se tragaron a presa y cazador, fundiéndolos para siempre y consagrando su odio. La noche se tiñó de carmín…

Aquel espejo en aquel parque ya no centella de rojo. Ya no refleja nada: está cubierto de hollín.


"Start at the begining, finish at the end..."


0 comentarios:

Publicar un comentario

Escribe lo que piensas...