sábado, 9 de mayo de 2015

EL ARTE DE AMAR PARA PRÍNCIPES Y PRINCESAS DE LOS CUENTOS DE HADAS DE DISNEY

EL ARTE DE AMAR PARA PRÍNCIPES Y PRINCESAS DE LOS CUENTOS DE HADAS DE DISNEY

Literatura

¡Hola! Bueno, me he dado cuenta de que casi nunca publico en mi blog mis obras creativas, sólo ensayos, reseñas y opinión, cosas así. Y siempre les digo que me encanta escribir y bla, bla, bla, pero nunca les muestro nada de eso. Bueno, aquí está uno de mis textos. Lo hice para un trabajo de la universidad que consistía en escribir un pastiche (una imitación de forma, estilo y/o contenidos) de una obra de Ovidio llama El Arte de Amar en la que él le daba a los hombres y mujeres romanos consejos para conquistar en Roma. Yo decidí darle un giro fantástico y ofrecer mis consejos a los jóvenes príncipes y princesas de los cuentos de hadas de Disney. ¿Por qué los de Disney y no los originales? Porque los originales no los he leído. En fin, en este texto aludo a muchos de los estereotipos y recurrencias de los cuentos de hadas que tanto me gustan, y no deja de ser irónico y yo diría que es un poco burlón. En fin, espero que lo disfruten.


Si hay en los lejanos reinos encantados jóvenes de sangre real que no sepan amar, que lean mis escritos y queden instruidos por la sabiduría del hada madrina. Es mi deber como guardiana de la realeza, proteger al reino y asegurar el futuro de la familia real. Qué mejor manera de afianzar la prosperidad de un castillo que con los fuertes lazos del amor. El matrimonio produce hijos que mantienen la línea de sucesión, así la noble familia crece y se extiende a través de los tiempos, fluyendo cual poderoso río. Príncipes, es esencial que no permanezcáis solteros. Los solteros son a menudo volátiles, inestables y, por supuesto, no producen herederos que proporcionen tranquilidad al pueblo y alegría a los suegros. Majestades, aseguraos de conseguir una linda esposa que llene vuestro palacio de atractivos príncipes y princesas que os enorgullezcan a vos y a vuestro reino, y que garanticen a vuestro nombre una larga permanencia en el trono.

No existe en realidad ningún lugar que os garantice el encuentro con una princesa. Ellas son seres etéreos, melancólicos, como las avecillas que les hacen el coro al cantar. Aunque la lógica dictaría que castillos y bailes son los mejores para encontrar princesas, la verdad es que lo mismo podéis encontrarlas en bosques, playas, torres o toscas casuchas. Muchas veces las encontraréis disfrazadas de pobres aldeanas, huyendo u ocultándose, por lo que nunca debéis olvidar vuestros modales ni con la más humilde de las doncellas. Tened presente que no es raro que las princesas se encuentren desterradas, perdidas, hechizadas ¡en fin! En qué dificultades no viven las princesas. Su naturaleza inocente y agüerista atrae el drama y las dificultades. Cuando encontréis a vuestra princesa –esto no lo dudéis– ella se encontrará en medio de un peligroso periplo con un ser mágico y maligno. Las princesas no pueden evitar entrar en contacto con criaturas poderosas y misteriosas. Les corre por las venas, ya que todas están ligadas a un hada o hechicera, con quien alguno de sus padres habrá tenido tratos durante su juventud. Tienen marcado su destino incluso antes del nacimiento, tanto el real como el que tiende a la desgracia. Las maldiciones y los encantos persiguen a la realeza cuando la heredera es una niña. Alteza, recordad esto cuando seais padre: proteged a vuestra hija, vigilad las andanzas de vuestro hijo. 

Poned especial cuidado al escoger a vuestra princesa. Aseguraos de que no se encuentre hechizada ni haya hecho tratos con duendes o brujas antes de conoceros. Averiguadlo en secreto y si resulta que ya tiene la terrible marca de la magia negra impresa en su nívea piel, abandonadla por una candidata de destino más tranquilo. Sin embargo, lo más probable es que para cuando te enteréis de su pasado, los hechizos de su belleza y de su encanto ya te hayan sujetado con las redes del amor. Por eso, noble príncipe, no debéis dejar nunca de ejercitarte en las artes caballerescas. Debéis ser magnífico jinete y cazador, y los más veloces corceles deberéis ensillar. Tampoco descuidéis el arte de la espada, el arco y la flecha. Incluso si tenéis inclinaciones elevadas e intelectuales, no os distraigáis con los estudios geográficos ni con la pintura de modo que abandonéis por mucho tiempo la ruda espada. Empuñadla con fuerza, desafiad con ella el hierro, las zarzas y la dura piel de los dragones. Preparaos para fantásticas batallas en las que pondréis en riesgo vuestra preciosa vida. No temáis que vuestra sangre azul se derrame si sabéis que la recompensa es aquella a la que amáis. ¡Ah! Pero, aunque es necesario que os entrenéis en las artes guerreras, no permitáis nunca que vuestra delicada princesa os vea entrenando con la espada. No permitáis que os encuentre sudoroso, con la camisa abierta y el seño fieramente fruncido. Aunque ella se cuelgue amorosamente de vuestro fuerte brazo entrenado por el peso del escudo, fingid que es este su natural estado y no dejéis que piense que amáis la batalla. Mantened el hábito del entrenamiento y la cacería pero no permitáis que vuestra princesa vea vuestras armas ensangrentadas o a la bestia que perseguís, pues desmayará a la vista de la sangre o se lanzará sobre la criatura, la escudará con su cuerpo y os hará jurar no dañarla. Tal es el débil corazón de las princesas. Así es que por más que améis la gloriosa batalla, fingid apacibilidad y mostraos siempre amable y tranquilo.

Es recomendable para un príncipe seducir con las mismas armas que emplean las princesas: la belleza, el canto y el traje a la moda. Aseguraos siempre de lucir gallardo y magnífico. Bien peinado y perfumado, no vayáis a su encuentro si no es así, pero nunca con aire afectado como si fuerais a un encuentro diplomático con el más reacio de vuestros aliados. Fingid que igualáis a vuestra dama en inocencia. También, que brillen en vuestras manos los anillos, que cuelguen de vuestro cuello los collares, que hermoseen vuestra chaqueta las medallas de vuestros méritos militares, las señas de vuestra noble raza y de las glorias de vuestros ancestros. Pero llevad como si nada estos adornos, que no se note vuestra vanidad. Deja que sea ella quien os pregunte por el significado de tal o cual escudo y vos enseñadle con ternura, como a un pequeño, pues seguramente es muy joven vuestra novia para conocer todos los linajes reales. No olvidéis hacerle coro con buena voz cuando ella estalle en los gorjeos que le son tan comunes. Sí, es propio de las princesas presumir su hermoso canto, una marca distintiva a la que deberéis permanecer atento en vuestra búsqueda de una esposa. Doquiera que estés aguzad el oído y seguid cualquier tonada hermosa. Las princesas también suelen ser virtuosas en los instrumentos, especialmente los de cuerda, así es que no dudéis en acudir cuando oigáis el arpa. Seguid el camino de la felicidad marcado por las notas, convertíos en un amante empedernido de la música. Entre más bella la melodía, más bella resultará ser la candidata. Tampoco descuidéis los pasos de baile. Envueltas entre los lamentos de los violines suelen encontrarse las miradas en el mágico momento en que la princesa decidirá ser vuestra. Que vuestros pasos sean firmes, guiadla, pero no borréis de vuestro rostro la sonrisa ni dejéis de encandilarla con el brillo de vuestros azules ojos. Que vuestros encantos operen en ella mientras las vueltas del vals marean sus sentidos.

Pero ¡ay! Ya he dicho antes que las princesas son volátiles como aves. ¡No! Son más etéreas que las plumas. Por eso no os extrañe, majestad, que cuando creáis ganada a vuestra novia, ésta se esfume de repente. Como los canarios, sus majestades son perseguidas por crueles cazadores que buscan enjaularlas. Manteneos atento a cualquier muda de expresión. Si se muestra preocupada preguntadle el motivo y no dejéis que te impida saberlo. Cuando su mirada de amor se trueque en una de espanto, sabréis que aún la persigue una maldición, una promesa, un secreto, la condición de un hechizo o un viejo enemigo. Desconfiad de su madrastra y de cualquier mujer hermosa y grave que la rodee. Éstas a menudo son las más crueles torturadoras de vuestra dulce flor. Si ha sucedido el rapto o si la habéis perdido porque saliera huyendo despavorida a pesar de su finura y timidez, no perdáis un segundo: ¡id tras ella! Retenedla, enfrentad con valor cualquier fuerza que intente separaos. Pero si definitivamente la habéis perdido de vista, mandad antes que nada a inspeccionar toda torre, toda buhardilla, toda cabaña del reino, hasta la más apartada. Si esto falla no perdáis el tiempo mandando a vuestros generales en busca de vuestra novia: sólo un gran sabio o el adivino o el místico más poderoso del mundo podrá indicaros los medios para recuperarla (me permito en este punto recomendar a vuestra servidora, a quien no le falta poder y que ha estado desde siempre al servicio de sus majestades). Vuestro excelso ayudante pedirá una fabulosa recompensa, pero no permitáis que os entrampe en vuestra desesperación. Medid y sopesad sus palabras y antes de hacer juramentos o promesas preguntad por la exacta naturaleza de su pedido y consultad el significado de cada palabra. Muchas veces la fórmula de la petición encierra la fórmula de un encantamiento que os atará haciéndoos derramar lágrimas en vuestra vejez. Una vez encontréis a vuestra princesa, preparaos para todo. Parecerá que todas las fuerzas malignas del mundo se han puesto en vuestra contra pero no dudéis y recordad que vuestra motivación es también vuestra arma más poderosa: el amor verdadero. Ante la duda, lágrimas y besos de amor son el contra-hechizo más poderoso. Os lo digo yo, el hada madrina.

Ahora me ocuparé, como es mi especialidad, de aconsejar a las bellas altezas que desean unirse para siempre a su príncipe azul. Princesitas, no olvidéis nunca que habéis nacido para amar, para casaros, para darle hijos a un príncipe maravilloso. Cuidaros siempre de estar a su altura. Vuestras armas más poderosas son candor, belleza, virtud, valor y bondad. No descuidéis ninguna, mas tened cuidado de dos en particular. Los príncipes admiran la hermosura de una dama, pero a la obsesiva y vanidosa le clavan una espada en el corazón. Que vuestros días no se os pasen en frente del espejo. Preferid una corona de flores a aquella de diamantes y no temáis ensuciaros el vestido con las labores domésticas. Alegrad vuestros trabajos con cantos. La frescura de la juventud es vuestra aliada y no os desamparará. Incluso muerta por un hechizo vuestros labios seguirán suaves. Y tras cien años dormida vuestro aliento seguirá fresco como la brisa otoñal. Confiad en esta, vuestra sagrada dote. Dejad que las sencillas se preocupen de aceites, brebajes y mascarillas.

Majestades, nunca, nunca jamás dejéis de soñar con vuestro príncipe y de cantar con todas vuestras fuerzas. La vida no es sencilla para las hermosas, no. Vuestra fortuna y vuestros privilegios atraerán la envidia de soberbias viudas, de amargadas solteronas y de hombres perversos. Cuidaos. No dejéis que vuestra bondad os tienda una trampa. Sed más desconfiadas. No aceptéis de extraños sus regalos y no confiéis en quien os halaga con demasiado entusiasmo. No despreciéis a los pobres y a los ancianos pero aprended a ver en la fealdad una seña de perversión. Sin embargo, muchas veces las hermosas hechiceras prueban a sus protegidos con harapientos disfraces, así es que aprended a distinguir la amenaza de la oportunidad. Una hechicera malvada siempre olerá a azufre mientras que la buena a jazmines, caramelos y frutas. Seguid a vuestro olfato y sabréis cuando ser buenas y cuando huir despavoridas. Sobretodo no hagáis jamás tratos con brujas, duendes o hechiceras de negros ropajes. Conozco bien vuestra naturaleza curiosa y creyente. Me enorgullece que creáis con tanto candor en la magia, pero huid de contratos mágicos que os aten a cambio de grandes sacrificios. Sin embargo, es posible que el amor os haga sordas a mis recomendaciones e irremediablemente firméis tratos funestos. En tal caso vuestra suerte queda en manos de un rescatador. Posiblemente él sea vuestro futuro esposo, así que soportad las consecuencias de vuestra desobediencia y aguardad pacientes a vuestros amados.

No dejéis nunca de afinar vuestras finas voces. La canción es el llamado del amor. Cuántas no han encontrado por pura casualidad al príncipe más encantador cuando se encontraban entonando inocentes una melodía. Tampoco temáis aventuraros un poco fuera del castillo. Muchas veces en las circunstancias más adversas se encuentran a los mejores amigos. Sed valientes, pues el miedo os conducirá a la ruina. Correr jamás ha solucionado nada. Muchas se han perdido al precipitarse en los bosques, presas del terror. Huid de la soledad y de la oscuridad; allí se ocultan vuestros enemigos. Rodearos de buenos amigos, si no humanos, por lo menos animales. La bondad y el arte de la música los atraerán a vuestro lado y hasta el más pequeño ratón podría ser de gran ayuda en el momento culminante de vuestro periplo de amor.

Sobretodo esperad, sed fuertes para soportar la pena. Preparad vuestros labios para los suspiros y mantened la fe durante las persecuciones y el encierro. Contad cada desdicha como una menos en vuestro peligroso camino hacia la felicidad eterna. Sabed que el príncipe viene y nunca abandonéis la fe y la esperanza. Aguardar y aguantar. No lo olvidéis.  Así como vuestra dulce voz llamará a vuestro amado, vuestras amargas lágrimas llamarán a vuestros aliados y, por supuesto, a vuestra querida hada madrina. ¡Confiad en mí, pequeñas! Yo estoy siempre vigilante, aguardando la señal para aparecer frente a vosotras con todos vuestros sueños en la punta de mi varita. ¡Sí! Con las manos colmadas de felicidades y dispuesta a regalaros con ellas. Pero no todo puedo hacerlo yo. De vuestro príncipe depende vuestra futura seguridad. Vuestra aventura no termina hasta que se hayan intercambiado los anillos. Así que entrenad vuestros coquetos encantos mujeriles. Una mirada esquiva, una sonrisa primorosa, las mejillas sonrosadas por el pudor, son lo que clava la flecha de cupido en el corazón de un príncipe. Sed excelentes bailarinas, buenas cocineras, buenas conversadoras -mas nunca habéis de más-, pero sobretodo dejad alguna vez que vuestro príncipe os vea magníficamente vestidas. No temáis si las circunstancias os obligan a llevar sencillos harapos. Mantened la humildad y la modestia. Pero al menos una vez, apareced cual ángel vestida de gloria. El príncipe reconocerá vuestra realeza al punto y olvidará el tizne y el polvo que alguna vez encontrara sobre tus mejillas. Que cada una se distinga por un color preferido y que vuestra falda destelle al bailar bajo la luz del chandelier. Demostrad que sois la más bella de todas. Con una sola demostración bastará para rendir los corazones de vuestros príncipes (y de los suegros).

Aquí culminan mis instrucciones. Altezas, príncipes, princesas, no olvidéis que estáis destinados a la grandeza, a ser leyenda, a que vuestro amor sea el ejemplo de muchos otros amores. Sois los representantes del romance, del valor y de las virtudes. De amor resplandecen vuestras coronas. No dejéis que os separen nunca las adversidades, pues dichas pruebas purifican el alma y forjan un cariño a prueba de todo. Sabed que existe el felices para siempre y que está a vuestro alcance. ¡No! Está en vuestro destino. Ahora decid vuestros votos: “al hada madrina tuvimos por maestra”.

"Nos guiará el amor."


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