miércoles, 19 de agosto de 2015

CUENTOS II

CUENTOS II

Literatura

Otra "antología" de mis cuentos. La mayoría son nuevos, los escribí el semestre pasado para la universidad.


Instrucciones Para Morir

Primero: cuelgue los tenis. Segundo: estire la pata. Tercero: váyase al otro barrio, al de los acostados estaría bien. Cuarto: chupe unos cuantos gladiolos. Quinto: vea fijamente una luz blanca, preferiblemente a través de un túnel. Sexto: póngase una piyama de madera. Séptimo: cargue tierra con el pecho. Octavo: pídale a Diosito que lo llame. Noveno: duerma con los peces. Décimo: pase a mejor vida.


No Quiero Vivir

-No quiero vivir. ¡Estoy cansada! ¡Ya no quiero vivir!

Simón soltó su cuchara con impaciencia y miró duramente a los ojos de su esposa, que comenzaban a enrojecerse. La pequeña sentada a su izquierda siguió comiendo sin inmutarse.

-¡No me vas a volver a ver!

Simón bajó la mirada y entrelazó los dedos de las manos bajo la barbilla. Se quedó quieto, en silencio, hasta que ella se levantó de la mesa y se alejó furiosamente. La pequeña miró a su papá y rió sin abrir la boca. Él le dedicó una mirada de complicidad, con una levísima sonrisa en los labios.

Ana azotó la puerta con tanta fuerza que las paredes cimbraron. Por un momento creyó que volvería a abrirse y sujetó la perilla. Cuando estuvo segura de que se había encerrado correctamente, comenzó a proferir alaridos y a mover los brazos. Se aseguraba de tumbar algunas cosas con la punta de los dedos, cosas que hicieran ruido pero que no pudieran romperse. Adornos de metal trabajado, tarritos de píldoras, un cofre de madera lleno de aretes. Pateó la cama varias veces y con cada golpe gruñía más fuerte. Cuando se quedó sin aliento se tiró sobre el colchón como zambulléndose en una piscina. Su llanto podía oírse hasta dos pisos abajo. Para no agotar su reserva de gemidos, tomaba descansos de dos minutos para luego sostener un la herido por algunos segundos.

Se quedó en silencio. Parecía calmada. Se incorporó de tal manera que quedó sentada con las piernas estiradas sobre el cobertor. Se limpió torpemente las lágrimas y aspiró con la nariz aguada. Se puso de pie y buscó en el cajón superior del tocador. Revolvió los lápices de ojos, los tarritos de base y los frascos de perfume medio vacíos. Sus dedos se enredaron entre un par de collares. Sus ojos miraban desconcertados la desordenada familia de productos y chucherías sin encontrar lo que buscaban. Enrojeció al recordarlo: había dejado la cuchilla en el baño. Miró hacia la puerta sabiendo que no podía salir. Tenía que encontrar algo filoso allí adentro y rápido. Oía los cubiertos rascando los platos en el comedor. Ya casi acababan de almorzar.

Ana buscó de nuevo en el cajón y, para su enojo, no encontró más que superficies redondas y suaves. Abrió el segundo cajón que estaba lleno de cuadernos y buscó entre las hojas tachonadas de “Querido diario”, “puro sufrimiento” y “no sé para qué sigo”. Agitada, devolvió los cuadernos al cajón soltándolos desde el aire y dejando que cayeran abiertos y con las páginas dobladas. Cerró. Abrió el último. Sus ojos centellearon cuando descubrió el abrecartas brillando entre las pilas de recibos y sobres. Tomó el pequeño objeto entre los dedos y pasó el filo suavemente y gozosamente por su palma abierta. Su piel ni siquiera se irritó. Llevó el abrecartas a su muñeca y apoyó el dedo sobre el dorso del instrumento. Respiró hondo una vez y apretó los labios mientras que el filo luchaba contra su piel. No funcionaba. Apretó con más fuerza y vio aliviada cómo la punta se hundía brevemente y la sangre comenzaba a fluir del punzoncito. Repitió el proceso tres veces junto a la primera herida, dejando una marca como la de aquellos sobres con abrefácil. Esos que no requieren abrecartas.

Su muñeca comenzó a gotear perezosamente y Ana se apresuró a levantarse para ir junto a la puerta y dejar que la sangre cayera cerca de la entrada. Apretó el brazo, impaciente porque saliera más, pero apenas se formó un diminuto charquito. Oyó que las sillas chirriaban contra el suelo de madera y supo que debía apresurarse.

-¡Eso! ¡Por fin dejaré de sufrir! ¡Ya me voy! –exclamó.

Aguardó un instante, pero no oyó ninguna voz. Se abrió el grifo del agua y luego se escuchó el tintineo de la vajilla. Entonces abrió la puerta lentamente, asegurándose de que crujiera.

-¡Auxilio! ¡Me voy a desmayar! Es mucha sangre…

Simón ya estaba en la puerta con la niña, ambos con la chaqueta puesta. La miraron un momento y a la herida que ya dejaba de sangrar. No tardaron en volverse hacia la puerta de nuevo. Simón giró la perilla e inmediatamente Ana secó sus ojos.

-¡Esperen! ¡Esperen, no he terminado de comer!

Y se sentó presurosamente a la mesa. Empuñó la cuchara y revolvió velozmente los alimentos fríos hasta que los colores se confundieron entre sí y los consumió a grandes bocados. Llevó la loza sucia a la cocina mientras aún masticaba y se lavó la sangre con la misma esponja con la que fregó su plato. Entró velozmente al baño de servicio por algo de gaza para envolver su muñeca. En dos minutos estaba en puerta junto a Simón.

-Ve por la chaqueta de mamá.

La nena corrió emocionada hacia el cuarto y regresó en un momento, dejando huellas rojas con la sangre que se le había quedado en el zapato. Ana regresó un momento a la cocina por un trapo y la obligó a levantar un momento el piececito para limpiarle las suelas. Abandonó el trapo manchado sobre el comedor y regresó a la puerta. Se puso la chaqueta. Era una talla más grande; las mangas le llegaban hasta los pulgares.

-Ahora sí, hora de irnos.

-¡Sí! ¡Sí! ¡A paseo!

Ana cargó a la niña y Simón abrió la puerta. La familia salió a pasear.


Grito

Se movieron hacia la oscuridad donde no podía verlos. La sombra de la cortina los arropó con una complicidad ofensiva, pero me deslicé a un lado y volví a descubrirlos entre las dos esquinas de la habitación. Y se fueron conectando en mí la duda con la angustia, la angustia con el desconcierto, el desconcierto con el miedo y el miedo con una locura rabiosa. Él le pasaba las manos por los costados como si intentara borrarle la vergüenza de la piel y ella se estremecía con una risita pegajosa y sensual. Se meneaban los mechones de la enroscada cabellera negra, acariciando su espalda. Se fueron numerando uno al otro, con besos, los lugares más tiernos de la carne. Yo numeraba en el alma cada falta y cada evasión de sus ojos. Un grito comenzó a acumularse desde muy atrás de mi garganta. Los nervios del corazón me pellizcaron furiosamente y la mirada se me afiló hasta volverse una punta helada. Allá los jadeos y aquí los suspiros. Allá las lenguas que se abrazaban y acá la mía que se retorcía detrás de los dientes intentando formular una protesta. Allá él le soplaba con fuerza las puertas del placer y ella se desmoronaba fácilmente, como una muralla de harina. Las prendas eran arrancadas como por el viento y caían lejos, sin virtudes qué guardar. Los labios se separaban así como las rodillas, más amplio el espacio aún. Se medían palmo a palmo con los dedos sudados. Ahí estaba esa media sonrisa que al fin se completaba, y allá ese movimiento felino que nunca le conocí. De pronto la voz, como un torrente incontenible, comenzó a empujar hacia afuera. Empujaba y ellos también. Hirvió el grito. ¡Y salió! Pero sólo para ser ahogado por el chillido de triunfo de ella.


Carretera

Me pareció oler sangre y me asusté todavía más. Esa criatura… Intenté pensar en otra cosa, dominar el escalofrío. En realidad estaba temblando. Me dediqué a mirar los árboles que crecían a lo largo del camino tratando de ver pájaros o ardillas en sus ramas que pudieran explicar los ruidos. Aún así estaba demasiado oscuro para ver. Mi bicicleta tenía una lamparita de 20 wats pero apuntaba hacia la carretera y yo no pensaba detenerme a reposicionarla para explorar el bosque. Sudaba a pesar del viento frío y lancé una mirada nerviosa a las luces de la ciudad difuminadas por la lejanía. Pasé un par de postes de luz y me rebasó un Ford rojo. Miré hacia atrás, no se veía nada. De todos modos estaba muy oscuro. Me pregunté si el conductor no habría acelerado al ver algo tenebroso detrás de mí. 

Me prometí que le haría señas al próximo que pasara, pero estuve un buen rato solo, pedaleando bajo el cielo ebrio de nubes. El ruido se estaba tardando tanto en reaparecer que pensé que sólo había sido mi imaginación. Me faltaba todavía una hora para salir del bosque y llegar a un vecindario. La carretera se inclinó montaña abajo y pude suspender los pedales un momento dejando que la gravedad empujara la bicicleta hacia delante. Me relajé por un instante. De repente el viento comenzó a hacerme bien.

Entonces regresó: un quejido como el de un mamífero herido y a continuación el aroma oxidado. La sorpresa hizo que apretara sin querer el freno y las llantas chillaron. Comencé a bambolearme confusamente y tuve que detenerme del todo para volver a balancear el centro de gravedad. Las manos me ardían. Probablemente había apretado con demasiada fuerza el manubrio. Comenzaba a ponerse resbaloso. Me acomodé para seguir y mis pies enloquecieron. Nunca había pedaleado tan rápido. Me parecía que cada grieta en la calle, cada piedrita, cada rama colgando a punto de caer era una trampa puesta a propósito para ralentizarme. No iba a permitirlo. Quería llegar a la ciudad de inmediato, pero las curvas eran abundantes y cerradas y me obligaban a controlar mi empeño.

Una ola de luz amarilla me bañó por detrás repentinamente y estiré el brazo izquierdo haciendo señas para que el conductor redujera la velocidad. Paré a un lado del camino. Fuera quien fuera pensaba decirle que me había torcido el tobillo y que me hiciera el favor de llevarme hasta San Antonio. Pero era un enorme camión de carga y naturalmente no se detuvo. Sentí en el corazón la aguda certeza de que iba a morir. No se porqué. Hasta entonces todo había estado bajo control. El paseo en bicicleta había salido justo como lo había planeado, solamente se me había hecho un poco tarde. Cuando el camión se alejó como un tranquilo monstruo marino nadando en la oscuridad, sentí que estaba perdido. Que sea lo haya de ser. Es mi culpa. En algo habré fallado. La resignación me llenó de una extraña paz fatalista. Seguí pedaleando pero con menos ahínco, como si mi destino hubiera desaparecido y ahora solo quedáramos en este mundo la bicicleta, yo, y ese horroroso olor a sangre que no iba.

El camión desapareció sin dejar rastro. Entonces lo escuché: el crujido de la grava, el murmullo de la tierra y luego golpes secos en el pavimento. Alguien había salido del bosque y corría tras de mí. Uno de mis pies se salió del pedal y comenzó a sacudirse como un pez fuera del agua. Pareciera que también se había cubierto de escamas, porque se me resbaló una y otra vez cuando intenté volver a ponerlo en su lugar. Mis manos se aferraban locamente al manubrio y mis dientes apretados enviaban pulsiones de dolor a toda mi mandíbula. Finalmente logré ensartar el zapato en el pedal, justo cuando el camino se ponía cuesta arriba. Me levanté del asiento e incliné el cuerpo hacia delante para incrementar el impulso. Los pasos se hacían más lentos, más ligeros. Me alegré. La sensación de alivio y esperanza comenzó a llenarme y se sintió como una manta cubriendo mi piel fría. Los postes de luz se hacían cada vez menos espaciados y supe que me acercaba a la ciudad. No sabía si mi mente había bloqueado intencionalmente los sonidos y el olor pero ya no volví a percibirlos. Al tomar una curva, la esquina de una casa blanca se asomó para devolverme el alma al cuerpo. Estaba a salvo.

Me sentí agradecido por el rostro cansado de los vigilantes de las residencias, por el latir de los perros, por el movimiento de las cortinas y las sombras geométricas detrás de ellas. Me atreví a disminuir la velocidad, a respirar hondo y a mirar hacia atrás. Mis ojos recorrieron la carretera con tranquila curiosidad. No había nada. Volví la cabeza hacia el frente y comencé a racionalizarlo todo. Seguro fue un animal. Satisfecho con este cobarde alivio, comencé a planear lo que haría al llegar a mi casa. Moría por sacarme los zapatos y darme un baño caliente. Me pasaría unas dos horas en la ducha mientras la ropa se lavaba. Sacaría la basura, me haría una sopa instantánea, vería las noticias…

Ya casi llevaba dos cuadras de dulces preocupaciones cotidianas cuando escuché un gemido agudo. Miré sobre mi hombro izquierdo y vi en la esquina de un parque a una señora que se llevaba dramáticamente las manos a las mejillas. Aminoré la marcha hasta casi detenerme. Ella tenía el pálido rostro vuelto hacia el oeste, de donde yo venía. Apoyé un pie en la calle y miré hacia atrás. A casi doce metros se veía una figura que se acercaba trotando penosamente, envuelta en un vestido color esmeralda con la tira del hombro derecho rota. Con cada movimiento su cuerpo se inclinaba exageradamente a un lado y al otro. Sus brazos rígidos se alzaban como los armazones de un parasol viejo. Un familiar escalofrío hizo ebullición en mi estómago, y los vapores del terror subieron por mi pecho. Dos guardias de edificios colindantes, inicialmente paralizados por el desconcierto, corrieron hacia ella. Se desplomó, pero seguía moviendo los brazos y las piernas como una muñeca de baterías. Dos jóvenes que paseaban a un perro se acercaron también. Intentaron levantarla entre todos y ella los señaló con su sangre. Incluso desde la distancia podían verse los raspones en los brazos, el imperfecto corte en la garganta, el rostro amoratado. Ella logró incorporarse solo un momento, para estirar su brazo hacia mí. Los dedos de su mano derecha se doblaron lentamente hasta dejar solo uno recto. Nuevamente el olor a sangre me invadió las fosas hasta aguarme los ojos. Acaricié las cortadas en mis dedos. Perra. Zorra maldita. Hija de puta. ¿Por qué no se quedó donde la dejé? ¿Cómo me alcanzó? Todos me miraban. Uno de los guardias se puso el radiocomunicador en la boca. Volví la cabeza al frente. Mis pies enloquecieron.

¿Qué les parecieron?

"And the skies opened up..."

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