miércoles, 19 de agosto de 2015

CUENTOS III

CUENTOS III

Literatura

Estos son los cuentos de los que no estoy tan segura de que me hayan quedado bien porque nunca tuve quién los leyera y los revisara. ¿Se ofrecen? Gracias, sabía que podría contar con ustedes.


Bajo las Luces Navideñas

Leandro pasabas las noches recostado en una vieja silla en la terraza de su casa en Córdoba. Los botones del acordeón se sentían fríos bajo sus dedos y el fuelle se desplegaba melancólicamente hacia las montañas argentinas. Cada nota vibrante flotaba hasta sus oídos y medía las tonalidades del bolero. Pero había una nota, una sola, que se atascaba entre los pitos y salía como el grito de un pájaro. Leandro chocaba los dientes cada vez que la oía. Ya había abierto las cajas y afilado los pitos pero la nota seguía lanzando ese chillido que le ponía la piel de gallina. El instrumento se retorcía furiosamente entre sus manos una y otra vez pero ese Re sostenido seguía hiriendo sus tímpanos y su orgullo de músico. El sonido se le había ido, se le estaba yendo.

Al principio era una sola la nota mala, pero en un par de meses fueron dos, tres, seis. Sus dedos, sus muñecas y sus hombros, seguían tan ágiles como siempre, pero había algo en los movimientos de su cuerpo que le imprimían al acordeón algo no correspondiente a las tonadas de la música. El instrumento no estaba desafinado, él estaba desafinado. Era como si el acordeón y Leandro se hubieran distanciado a pesar de estar siempre juntos, como una pareja que sufre una larga y dolorosa separación emocional antes de romper.

Y vino el día en el que pusieron las luces navideñas en las puertas y las ventanas, y Leandro ya no podía tocar. Sus amigos músicos estaban tan desconcertados como él y le aconsejaban todo tipo de terapias new age para revivir a su “musa”. Pero la suerte estaba echada y Leandro no volvió a tocar. El sonido del viento cálido era lo único que lo acompañaba en las noches cordobesas. Pasaba los días sumergido en los recuerdos de conciertos de tango, de boleros tristes, de tardes de cuarteto con los amigos. Fotos, vídeos, tiquetes, flores pisadas en los libros, piedras pintadas con iniciales, eran el objeto de su nueva fe, de su culto idolátrico al pasado.

Llegó el año nuevo y encontró a Leandro indispuesto para recibirlo, cabizbajo, pensativo, una caricatura de sí mismo, alejado de todo lo que solía definirlo. Se recostó una vez más sobre la silla de la terraza, para ver los fuegos artificiales. Mostraba el mismo entusiasmo con el que se ve danzar a las luciérnagas. Cuando  sus compatriotas gritaban la cuenta regresiva, por cada número se le caía una lágrima. De repente, sus manos comenzaron a flotar frente a su pecho y sus dedos a pulsar teclas invisibles. Casi podía sentir el acordeón en sus palmas otra vez, como el miembro fantasma de un amputado. Corrió escaleras abajo, se adentró en la casa, y buscó el instrumento, que yacía sobre su armario. Bajó el acordeón de su pedestal de lámina y comenzó a doblar el fuelle desesperadamente. El sonido fue como el cacareo de un gallo moribundo y Leandro soltó el instrumento y se echó sobre la cama, con los ojos enturbiados, pero secos.

La mañana del primer día del nuevo año fue una larga sucesión de recuerdos borrosos y movimientos mecánicos. Leandro se preparó una taza de café y salió a la puerta para beber recostado contra el marco. Enseguida de dar los primeros tres sorbos, oyó el sonido lejano de un sentido cuarteto y tuvo que precipitarse dentro de la casa para no caer nuevamente en la melancolía.

Era solo otra noche de Enero, de viento cálido y ruidos ahogados que lo atontaban suavemente para olvidar su pena, cuando el pulso de una nota musical le devolvió la vida. No supo de dónde provenía, sonaba a lo lejos, como música celestial. Levantó la cabeza para escuchar mejor, pensando que lo había imaginado, pero el sonido volvió a repetirse y lo catapultó de su silla. La nota se repitió una y otra vez, perfecta, sensual. Leandro no sabía cómo clasificarla, si estaba en clave de Sol o si era una Re o una La. No importaba, pues aquel era el sonido, su sonido perdido. Sus ojos recuperaron su color verde y centellearon hacia el horizonte, desde donde la nota vibraba y lo llamaba cual canto de sirena. Esa  misma noche recogió su acordeón maltratado por la caída, lo abrió, lo afinó y limpió cada pieza hasta dejarlo en las mejores condiciones posibles. Casi a la media noche Leandro partió  en bus hacia el norte y le dijo adiós a La Docta.

Los caminos lo llevaban cada vez más hacia las fronteras y ese sonido mágico seguía llamándolo desde los horizontes de cada ciudad, hacia el noroeste. Chile le ofreció la Cueca, y subiendo por sus largas costas pacíficas conoció el amor de muchas mujeres y muchas tonadas, pero él no tocó. Perú le ofrendó un vals y un Huayno, pero su sonido no estaba allí. Pasó por el Ecuador y los platos exquisitos de su cocina lo llenaron en cuerpo y alma, pero la música Saraguro no sonó en su acordeón.

La nota perfecta lo guiaba como la columna de nube al pueblo de Israel, y la seguía aunque tuviera que andar por todo el continente de los conquistados y los rebeldes. La oía llegar a él en las noches, mirando el cielo abierto sobre su cabeza. Se deslizaba sobre su cuerpo como una amante y lo dejaba sólo en las mañanas, escurriéndose entre las sábanas del cielo.

En octubre la nota silbó desde la frontera con Colombia y Leandro no dudó en cruzar. Pasó por las frías montañas nariñenses y siguió camino hacia una ciudad de místicas lomas coronadas de cruces hechas para espantar a los demonios, y un Cristo, Rey sobre el Valle del Cauca y amigo de su Sultana. Y una vez más lo oyó, tan cerca y tan fuerte como nunca lo había oído. No lo gritaban las montañas ni las palmeras ni las fuentes, era algo más sólido, por fin se sentía como si estuviera al alcance de un mortal. Por primera vez era tan real como el ruido de los coches que rodaban por las carreteras. Leandro supo que había llegado.

Se instaló en una casita de San Cayetano con otros viajeros que iban de paso por la Sucursal del Cielo. A Leandro el llamado celestial de aquel indefinible y perfecto sonido lo retenía en la ciudad. Las calles de Cali le permitían sobrevivir con poco, con casi nada. Vendía aretes, collares y pulseras, chucherías que aprendió a fabricar con sus compañeros a lo largo de los viajes, y las alhajas de las señoras costeaban su incansable búsqueda.

Una noche, nuevamente bajo la luz de las luces navideñas, oyó el sonido en el que había puesto su fe durante todo un año. Caminaba sobre la quinta cuando resonó en sus oídos:

Y sufro...
Y lloro...
Y llora llora llora mi acordeón...
Y sufro...
Y lloro...
Y llora llora llora mi acordeón...

Fue la culminación de una vida de peregrinaje, clímax de una obra de arte. Lo que acababa de escuchar, ese era el sonido, el lamento del acordeón que lo llamaba desde su oscuro abandono. Cuando llegó a su apartamento, Leandro no saludó a nadie ni se tomó el tiempo de comer o de descansar. Descargó la caja que contenía sus mercancías y sacó el acordeón de un cajón grande. Lo acarició amorosamente, como pidiendo perdón y nuevamente sintió las teclas bajo las yemas de sus dedos y el fuelle se desplegó, esta vez hacia las montañas de Colombia. Y los sonidos salieron cantando como un aleluya. Había vuelto a ser un músico bajo las luces navideñas.


Reflexión

Mi mundo es uno de superficies ásperas, secas y calientes. Paso el día entre la oscuridad y el calor de una pared de piedras grandes e irregulares y dos latas de zinc que arden como sartenes infernales debido al contacto directo con el sol. Todo está cubierto por una lona verde que me sirve de techo. Este es mi puesto de trabajo. Aquí, al pie de la más famosa montaña de la ciudad, abundan los turistas. Los oigo resoplar de cansancio, reír, gritar y charlar, a veces en idiomas extraños. A veces pasan en silencio, respirando pesadamente. 

Tengo los oídos afinados para reconocer el sonido de algo que cae y si oigo cualquier tintineo, cualquier golpecito sordo, salgo disparado de mi refugio en busca del objeto perdido y regreso al punto. Como una rata, literalmente una rata. Pero una rata se acicala mucho más que yo. No tengo tiempo para rascarme las orejas y lamerme la mugre de las manos, estoy revisando mi botín de hoy. Una billetera. ¡Está muy gorda! La abro ansioso ¿Y qué encuentro? Medallitas e imágenes religiosas y cuatro fotos dobladas.

Caigo sentado a punto de llorar de rabia. Me muerdo los labios y reviso un montoncito de collares y aretes que hay a mi lado. Ninguno vale mucho, pero lo suficiente para un par de comidas. No debo quejarme, me ha ido bien. Vacío la billetera y el contenido se desparrama por el suelo, entre mis piernas. Las fotografías me roban el aliento. ¡Dios mío! ¡Es mágico! Una familia parada sobre las nubes. No, sobre un espejo gigante que refleja el cielo. La magnífica reflexión se extiende hasta donde alcanza la vista.

Leo el reverso de las fotografías: “Con los niños en el salar de Uyuni, febrero de 2009.” “Entre el cielo y la tierra.” “El hotel de sal.” ¡Cuánta extravagancia! ¡Cuánta belleza! El resto de la tarde me senté sobre el concreto caliente observando las fotografías, hipnotizado. Miraba los bordes duros de aquel espejo salino recortando las suaves nubes. Miraba la luz blanca rebotando sobre los rostros serios de los niños. Dejé de sudar, sentía una brisa fresca. Mi rostro se iluminó y un viento suave y helado me acarició las mejillas. Mi pelo largo y enredado empezó a saltarme sobre la espalda. Agua cristalina comenzó a mojarme los pies. La pared de piedra se congeló y las latas de zinc se deslizaron hasta caer.

El cielo se abre ante mis ojos. Estoy solo sobre un charco de agua más salada que la del mar. Se extienden por todos lados gloriosas paredes de cristal, como un laberinto en el jardín de un castillo de diamantes. El cielo atardece manchando de rosado y naranja las placas salinas. El sol esparce las débiles sombras, haciéndolas florecer. Al pie de los espejos crecen arbustos de filosas estalagmitas blancas. Corren a mis pies conejos y ardillas grises hechos de sal. Crean ondas y dibujan trazos y huellas acuosas en el suelo. Atrapo uno, pero se deshace entre mis manos y el viento se lleva sus restos. Ya no siento hambre ni calor ni me escocen las heridas. 

Me atrevo a dar un paso, temeroso de que las frágiles paredes colapsen sobre mí. Siento la irresistible necesidad de silbar. El sonido rebota por doquier igual que la luz y el eco responde suavemente, con un susurro y un retintín. Comienzo a andar por el laberinto al tiempo que una extraña bruma baja a camuflar mis pies. Acaricio el cristal húmedo con las yemas de los dedos y veo en todos lados mi reflejo. Por falta de espejo había olvidado mi propia apariencia. El pelo enmarañado y rojo, la piel tostada, las manos agrietadas, sucias, pequeñas... Aparté la mirada, pero otro reflejo me saludó en una pared a mi izquierda. No hay forma de escapar de ti mismo en un laberinto de espejos.

Comienzo a irritarme. Escucho aullidos lobunos a lo lejos y la noche cae de pronto. No logro llegar a ningún lado. El bello reflejo de las estrellas y la luna amarillenta en el suelo me resulta escalofriante. Me he cansado de buscar la salida. Mi reflejo sigue persiguiéndome, me parece que ríe. 

Aprieto el paso pero me estrello contra una pared. Es un callejón sin salida y no hay manera de saber si he estado allí antes. Comienzo a gruñir. Hace frío, mucho frío. El agua salada que piso no puede satisfacer mi sed. Estoy demasiado cansado. Se acabó. Me siento como un conejillo de indias atrapado en una caja experimental. Coloco una mano contra el cristal y lo araño con fuerza. El chillido estridente que emite es acompañado por el tintineo de grietas abriéndose en el espejo. Retrocedo y cierro los puños. Veo mi reflejo flaco, harapiento y furioso. Me mira como retándome. Le lanzo un puñetazo justo entre los ojos y el cristal estalla estruendosamente. El tintineo me deja sordo, es como el grito de una niña. Mi puño ha abierto un agujero en el espacio y el boquete succiona con fuerza. Intento sujetarme pero los cristales y los picos están todos resbalosos. Caigo al suelo, pataleo y clavo los dedos en la sal, pero esta me traiciona; está blanda como barro. El agujero se traga todo: los animales, los espejos, los translucidos cristales, las blancas hojas de vidrio, la luz y a mí. 

Antes de ser sorbido por el agujero blanco, noto que viene volando una placa de sal. En ella veo mi reflejo. Está desmayado, con la cara aplastada justo en la nariz, sangra abundantemente. “Está muerto”, me digo y soy succionado. De repente, caigo sobre el suelo ardiente de antes. Las latas se acomodan a mí alrededor y una ventisca acomoda la lona sobre ellas. Sigo empapado en sudor. Tengo calor. Oigo las voces cotidianas afuera. Me recuesto contra la pared de roca y lloro sobre aquellas hermosas fotografías. Me invade una extraña euforia. Lloro hasta formar un pequeño charco en el suelo, entre mis piernas. En aquel charco de agua salada, mi reflejo sigue sangrando, muerto.


Shalott

Yo, Princesa Hester Lynn Hayward Oke, escribo esta carta como testimonio en el evento de que muera intentando escapar de mi cautiverio. Me encuentro en la torre del homenaje del castillo Cunally donde me tiene prisionera Orville Bowe Cunally, un truhán y un traidor. He aquí que me congelo en una habitación de la servidumbre, atada por cadenas de plomo a la cama y hambrienta por negarme a comer la bazofia con que pretenden humillar mi paladar.

Fui capturada de la manera más cobarde hace seis meses. Mi carro, el que me llevaba de visita al palacio invernal de mi tía Lady Julie Fenne P. Hayward, fue asaltado por un ave carroñera disfrazada de hombre. Yo iba muy tranquila con mis sueños inocentes. Me frotaba las manos, luchando contra el frío que me punzaba la piel, cuando el carro dio un salto y se volcó sobre el camino tirándome por la ventana. Aterricé sobre hierba alta junto a los trigales marchitos y oí el clamor del cochero y los lacayos así como golpes y chillidos metálicos. De pronto se acercó una figura alta y oscura cubierta por una capa azul sobredimensionada que se asemejaba a las alas de un ave maldita. Antes de darme cuenta, fui cubierta por una manta sucia de color negro, metida en un costal como una gallina para el mercado y arrastrada brutalmente hasta otro carro de donde bajé frente a la barbacana del castillo Cunally. No tardé entonces en atar cabos y descubrir que mi secuestrador era el infame Orville B. Conally.

Fui remolcada hacia dentro de las murallas y después arrojada en este cadalso. Entonces fui sofocada y humillada por el Mayor General. Durante todo este tiempo no se ha detenido. Aparece al atardecer y como un buitre carroñero escarba enloquecido y no me deja en paz hasta que amanece. He soñado con volver a ver el sol y sentir el viento cálido del verano, porque en este castillo siempre es invierno. Cuando Orville bate sus alas sangrientas contra los muros y se aleja sobre su caballo, convertido de repente en poderoso hipogrifo, siento mis cadenas un poco más livianas y un poco más frágiles. Quién sabe lo que pasaría si las jalara sólo un poco, pero me tiemblan las manos por el insomnio famélico que me posee.

En mis momentos de mayor desesperación recuerdo al Vizconde Aquilla Heacham Wyght, mi amor. No sería pudoroso confesar ahora por medio de esta esquela nuestra risa descarada y nuestro amor imprudente. De cualquier manera, él no ha venido a rescatarme. No. No has venido o si viniste, fallaste, Aquilla. Así es y ahora estoy llorando. En las madrugadas, cuando el frío me azora espantando el sueño, evoco imágenes tuyas y rezo tus cartas y tus palabras de amor. Me siento estúpida ahora que tu heroísmo no me ha servido de nada. Tus apasionados juramentos me parecen vacíos cada vez que pasan los días oscuros y tú no llegas. Pero esta carta no es para ti.

A través de la saetera veo el mar romper contra los torreones e inundar el pozo. Advierto a los pescadores que zarpan en sus botes de madera y se alejan hasta parecerse a los juguetes navales que no debe tener una dama. Sueño todas las mañanas con acompañarlos en un jornal, viendo el infinito violeta enfrentarse al cielo divino y quedarme pegajosa y salada de mar. Le rogaría al Mayor Conally, no, al maldito Orvalli, que me dejara ir un rato a untarme de pobreza y libertad. Un día. Solo eso. Y luego podría jalar la cadena hasta traerme aquí de nuevo y apretarme entre la cama y su infeliz existencia mientras yo fantaseo a ojos cerrados con un fúnebre paraíso. Porque él me ha dicho que moriré aquí y yo le creo. Es la única verdad que ha dicho en su vida. Ese hombre que mata a sus hijos, que cuece los borregos en la leche de sus madres y que llena de terror el corazón de reyes hasta el punto de secuestrar impunemente a una princesa. Él me ha jurado que no saldré de aquí viva, pero si muriera ahora no habría gran diferencia.

A veces me pregunto por qué fui la escogida o si siquiera me eligió, si no fui solo una casualidad, una presa fácil. Me paso las manos por el cabello y lo siento sucio y enmarañado. Lo lavo con lágrimas gruesas y amargas hasta que queda envuelto en espuma y caigo derrotada al suelo. Me derrumbo todas las mañanas cuando el buitre azul me deja al fin y me paso todo el día recogiendo los pedazos de mi orgullo. Pobre, indigna ¿sigo siendo una princesa?

A veces creo ver llegando a Aquilla en su caballo e imagino que lo sigue un ejército de vengadores enviado por mi padre, cuando descubro que es el mismo buitre de capa azul quien viene. Entonces quiero esconderme bajo la cama o dentro de la chimenea aunque esté encendida. Si pudiera subir por las paredes y lanzarme desde las almenas hacia al pozo, no dudaría. Orville sale todos los días, siempre con ropas viejas, cubiertas de sangre y su capa azul que mantiene limpia por obra de alguna hechicería. Se va ensangrentado y vuelve igual, perseguido por la misma sombra que deja pegada en mí todos los días.

Ahora tengo mucho frío y estoy cansada y siento que no he dormido ni un segundo desde que estos muros se cerraron contra mí. Estoy cubierta de cenizas de fogatas pasadas, rogando que me den calor y que un espíritu bienhechor aleje al Mayor General de mi puerta sólo esta vez.

A veces, muy de vez en cuando, me he permitido soñar con una huida. Alguna noche ese demonio se echará a mi lado, rendido y se dormirá creyendo que me tiene en su poder y yo me reiré de su poca astucia. Bajaré de la cama, arrancaré las cadenas y correré hacia la puerta, que cerraré con llave antes de precipitarme escaleras abajo. Y saltando como liebre, rápida y nerviosa, saldré al patio de armas, recogeré un corcel de las caballerizas y abrirán el rastrillo y bajarán el puente para mí. Entonces me lanzaré a un galope desbocado que borrará el castillo Conally de mis córneas y de mi alma y a su señor de mi cuerpo y mis recuerdos. Y las estrellas caerán del cielo, la lluvia bailará sobre mi cabeza y llegaré a casa con un cielo límpido y azul. Repicarán campanas al yo llegar y la ciudadela retumbará con tambores, violines y trompetas y el griterío del pueblo clamándome dichosa heroína. Y mis padres me abrazarán agradecidos al verme con vida y mi Aquilla caerá a mis pies y besará mis manos con adoración. Entonces la furia divina caerá sobre Orville Bowe Conally y lo desintegrará. Lo hará explotar en miles de trocitos de carbón.

Y aunque traté de evitarlo, esa fantasía hizo arder en mí un fuego cálido de esperanza. ¡Padres, tíos, abuelos, Vizconde mío! Estoy harta de esperar en sombras. Voy a intentarlo, voy a salir. Tengo preparado el plato metálico que dejan siempre en la puerta. Le he afilado los bordes con la cuchara, tallando hasta ampollarme los dedos. Lo he convertido en un platillo mortal con el que he de escudarme o –mejor aún- rebanar la carne podrida del Mayor General. Tengo lista el alma y los pies. Voy a correr con las alas de quien no tiene nada que perder. Ya sea zarpando en bote de pescador, a caballo, a pie o sobre las alas de un ángel guardián, me perderé para siempre de la mirada pérfida de mi captor y no miraré atrás. ¡Estoy tan excitada que si apareciese en este instante un rescatador, lo escupiría desde la saetera y lanzaría maldiciones sobre la cabeza que interrumpe mi hazaña!

Debo terminar. Él ya viene. Oigo las llaves tintineando entre sus dedos como campanillas que anuncian la tragedia. Yo soy y seré siempre una princesa. No seré tratada como menos y el impío no será perdonado. Recuérdalo cuando el terror te haga flaquear. Eres la Princesa Hester Lynn Hayward Oke. Eres tú, Hester. He tomado el plato y lo he escondido bajo la cama. Él ya está aquí y yo estoy lista.


El Huérfano

"The harvester [Perseus] who delivered of her [Medousa’s] pains in birth of horse [Pegasos] and man [Khrysaor] the stony-eyed weasel whose children sprang from her neck.”
Lycophron, Alexandra 840 ff (trans. Mair) (Greek poet C3rd B.C.)

Es normal que el nacimiento sea grotesco, violento. Sales expulsado de tu madre manchado por su sangre. Naces de sus lágrimas, de su dolor. Como todos yo broté del cuerpo mancillado de mi madre, despreciada por todos, y mi existencia transcurrió entre sus asesinos.

Mi vida comenzó desde temprano impregnada de tragedia y de gloria. Mientras la sangre aún brotaba del cuello de la Gorgona y mi hermano se precipitaba fuera de ella, un relámpago brilló en el cielo que yo estaba destinado a conquistar. Mis plumas enrojecidas se blanquearon con la gloria de Zeus cuando me lancé hacia el sol resplandeciente. Pero al darme vuelta, la dicha de nacer se deshizo en la escena grotesca de unos ojos para siempre cerrados pero que parecían mirarme entre los mechones de serpientes. La historia de mi progenitor y del semidios que me liberó en este mundo no la conocí hasta después de muchos años.

Dócilmente me dejé llevar junto a las musas y conocí el amor maternal gracias a Urania, de quien fui el protegido. Ella me enseñó las estrellas y las constelaciones y prometió que un día sería parte de ellas. Tan brillante veía la dulce musa mi futuro pero mi mente estaba nublada de lúgrubes pensamientos. No podía pensar yo en heroísmos sino únicamente en aquella cabeza invadida de reptiles, aquellos párpados pétreos y el olor a sangre que para siempre me persiguió impregnado en mis alas. El destino de héroe me era indiferente y mi hipócrita nostalgia fue interpretada como mansedumbre.

El amo del rayo me ordenó una vez que domara los ímpetus del monte Helicón y obedecí sin dilación sus órdenes. La fuente que brotó del golpe de mi casco llenó de júbilo a las musas y a mí de espanto. El chorro de agua se tornaba rojo a mis ojos. El olor a sangre de mis pesadillas se intensificó insoportablemente y tuve que vagar por la tierra largo tiempo para calmar mis ánimos. Me atormentaba aquel chorro de sangre del cual salí.  Cuando subía a los cielos a entregar el rayo a Zeus, discurría entre los Olimpios buscando las murmuraciones de lenguas indiscretas y finalmente conocí la historia de mi nacimiento. Fue la lujuria de un dios déspota lo que me engendró, y la espada de un héroe lo que forzó mi alumbramiento. Con violencia y humillaciones fui concebido y a la gloria pretendían elevarme los mismos dioses que a mi madre pisotearon.

Cómo temblaban de ira todos mis miembros, hasta los cascos, cuando la diosa “Sabia” me sujetó con las bridas de oro para entregarme como corcel a Beleforonte. ¡Cuántas veces vi a la infame atenea sostener la cabeza de mi progenitora ante sí en su escudo! ¡Orgullosa estaba de su malicia y yo me rendí ante su freno dorado! A pesar de haber sido coronado con el poder de los relámpagos fui incapaz de resistir la brida. No fue difícil que Beleforonte conquistara su propia gloria a mis lomos ensartando a la quimera en su lanza. La ambición de aquel era más grande que la mía y más fuerte su resolución. Cuando me condujo furiosamente hacia el cielo, ávido de reclamar el premio que creía merecer, reconozco que me impregnó parte de su ímpetu. Ese espíritu ¿qué era? Esa voluntad para desafiar a los dioses ¿de dónde la había sacado? Porque yo no me atrevía nunca a desobedecer. Los honores con los que me habían ofrendado eran más grandes que mi odio, más grandes que mi tristeza, más grandes que mi ira. Y mi corazón, demasiado blando. Por eso me encabrité cuando Zeus me lo mandó para tirar a mi jinete hacia su humillante porvenir. Y yo, miserable, lo observé caer, como había caído mi madre bajo la espada de la tiranía.

Trazando círculos en los cielos de Zeus, me consolaba día a día con mis logros y méritos, comparándolos con aquella única mancha de oscuridad en mi existencia. Pero ¿qué laureles podrían adornar la vergüenza de mi origen? ¿Cuántas fuentes que abrieran mis cascos lavarían el rojo hedor de la sangre? Me llaman hermoso, glorioso, manso, caballo de los cielos, y mi alma se amarga secretamente con los halagadores títulos que no merece mi cobardía.

En los establos de Zeus mi posición está asegurada. Las predicciones de la musa astróloga eran ciertas pues el dios supremo ha prometido inmortalizarme entre las estrellas. Me ha jurado que se recordarán siempre mis hazañas. Poco se imagina que inmortalizará también mi vergüenza. Pues los dioses están ciegos a sus propios pecados, pero los hombres mirarán al cielo y dirán: “allá destellan los astros de Pegaso, el que nació de la deshonra de su madre y después sirvió a sus asesinos”.

¿Y bien?

"Sunshine, lollypops, rainbows, everything that's wonderful..."


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