miércoles, 19 de agosto de 2015

CUENTOS IIII

CUENTOS IIII

Literatura

Estos cuentos son de los que me ponen más orgullosa. Realmente me encantan.


El Espía

“Parsley… ¿quién es ese?”

“Parsley” saltó de la silla, con tal fuerza que la hizo bambolear sobre las patas traseras. Corrió hacia donde estaba la muchacha de cabello fucsia señalando a través del vidrio ahumado que daba al exterior. Ambos tenían dificultades para distinguir la figura que parecía un monumento abandonado en la orilla de al frente. “Parsley” abrió la ventana y con la respiración agitada examinó al hombre. A los pocos segundos soltó un suspiro de alivio que revolvió levemente los cabellos coloreados de Vivi.

“Es el productor…”

El hombre comenzó a saludarlos vigorosamente al notar que lo habían reconocido y después se guardó ambas manos en los bolsillos del saco. “Parsley” salió del apartamento dejando la puerta entreabierta y se zambulló en la lluvia de luz dorada que apenas entibiaba el medio día.

“Paranoico ese…” espetó otra joven desde el comedor al fondo de la habitación. Era Lotta. Tenía el pelo negro, corto y reseco. La ropa gris le apretaba una panza redonda doblada en dos llantas, coronadas con un par de senos blandos. La muchacha de la ventana, que tenía un rostro casi idéntico a la de la mesa, apoyó el brazo sobre el marco y sacó la mitad del cuerpo como si tratara de escuchar la conversación entre los dos hombres, al otro lado de la calle. Mientras ellos sacudían las cabezas y gesticulaban vigorosamente bajo el sol, el apartamento permanecía invernal y quieto. Las luces estaban apagadas y no se oía siquiera el vuelo de los mosquitos.

“¿Tú de verdad no crees que exista ‘el espía’?” preguntó Vivi.

“¿A ti qué te parece? ¿Parsley tiene cara de tener acosadores? A los guionistas nadie los conoce; a la gente le interesan son los actores. Y a él no le han aprobado ni tres historias. Si es que existe el tal “espía”, debe de ser un paparazzi de poca monta buscando encontrarlo en medio de una pelea con la Novedad.”

“La Novedad” era como llamaba Lotta a su más reciente madrastra: una peliroja de treinta años recién cumplidos con unas ojeras más grandes que las del mismo “Parsley”. Por cierto que el hombre se había ganado ese apodo por su incapacidad de pronunciar aquella palabra anglosajona, incapacidad que lo llevó a abandonar definitivamente todo intento de aprender inglés para hablar con productores gringos. Aún así, le había puesto a sus hijas nombres tan cinematográficos como Vivi y Lotta. La clase de nombre que tienen las mujeres misteriosas de las películas de espías. Esas que llevan una pistola Colt 1908 entre el liguero, debajo del vestido de noche. Él, por otro lado, se llamaba Juan. “Un tal Juan”, “¿cuál? ¿El bajito?” “No, ese no, el cachetón de pelos negros, el que siempre anda azarado”. Ese era él, un Juan reconocible solo por sus mejillas inflamadas y su neurosis.


Espejito

La taza llena cayó al suelo entre las piernas de Sandra. Ella no se inmutó al sentir el contacto frío del jugo de uva que empapaba su bata de dormir y manchaba la alfombra de rosado acuático. Miraba la pantalla. Una rubia se doblaba debajo de un caballero que la sujetaba para besarla. Sandra agarró rápidamente un mico de peluche que yacía a su lado con las patas enroscadas. Se inclinó hacia atrás, gimiendo alegremente mientras se aplastaba la nariz del mico contra los labios. Miró a la pantalla de nuevo y vio al caballero montando a la dulce dama sobre un corcel y llevándola por un camino de árboles mientras un coro cantaba melodías románticas. Sandra corrió al otro lado de la habitación, arrastró un caballito de madera hacia el televisor y se sentó sobre él, acomodando como pudo su inmensa retaguardia y sus gordinflonas piernas. Comenzó a mecerse furiosamente sobre el caballo, cargando el mico sobre sus rodillas. El juguete crujía y Sandra gemía de gusto al ritmo del balanceo. La pantalla se puso negra de golpe y rodaron los créditos. Ella se detuvo en seco, como asustada ante el súbito cambio de escenario.

-Sandra venga que ya vamos a comer –la llamó una voz fuerte.

Antes de que pudiera levantarse del caballo, su madre entró a la habitación. La mujer comenzó a suspirar y a exclamar al ver la alfombra mojada y a la muchacha cubierta de jugo. Repitiendo reproches que Sandra no podía entender, la agarró de la muñeca y del hombro y la empujó hasta el baño. En medio del largo pasillo blanco había una enorme foto de Sandra colgada sobre la pared. La muchacha aparecía adornada con flores en el pelo y un vestido de gasa color rosa. Miraba con ojos de animal en cautiverio y sostenía con desgano un cetro blanco de punta redonda. Sandra se dejó llevar al cuarto de baño, se dejó quitar el camisón y esperó a que su mamá ajustara el agua caliente. Mientras el vapor subía por las paredes la muchacha se dio la vuelta y se contempló frente al espejo. Se metió un dedo a la nariz y con el otro comenzó a dibujar su silueta en la humedad del vidrio. La madre la sujetó fuerte por los hombros y la arrancó de su juego para sumergirla en la bañera amarilla. Sandra jadeó al contacto con el agua y cuando su madre la obligó a recostarse dentro de la porcelana, pataleó un poco.

-No pasa nada, obedezca a su mamá –la consolaba, mientras le pasaba una esponja en forma de estrella por el cuerpo.

Sandra estuvo todo el rato mirando al techo con expresión mohína. La señora terminó el lavado y la alzó por las axilas para sacarla de la bañera. Sandra se quedó de pie sobre la pequeña alfombra, chorreando agua por todos lados como una fuente escupidora. Una vez más se miró en el espejo, en tanto su madre le fregaba la piel con una toalla suave y muy pequeña. Sus ojos saltaban por la imagen reflejada: los párpados estirados sobre los ojos pequeños, las mejillas largas y fofas que se escurrían tristemente, el tabique ancho, las fosas nasales abiertas, los labios delgados como dos simples pinceladas naranjas. Las comisuras se le doblaban hacia abajo, un poco abiertas. Las pestañas eran largas y rectas, cubriendo los ojos como toldos. Las orejas, alargadas y diminutas en proporción con la cabeza, asemejaban las aletas de un pez. Cuando terminó el proceso de secado, la madre la llevó hasta el mesón del lavamanos donde se alineaban contra el espejo, como en paredón, botellas de todos los tamaños y colores, con brillantes etiquetas en inglés. Sacó un cepillo de un cajón y comenzó a pasarlo suavemente por el largo y escaso cabello negro de Sandra. La muchacha se apresuró a jalar la manija del cajón para abrirlo de nuevo, con tal fuerza que casi lo saca de la cómoda. Agarró el primer cepillo que vio, armó una extraña imitación de cabellera con la toalla mojada y comenzó a peinarla mirando fijamente el reflejo.

En pocos minutos estaban a la mesa. La madre comía sin mirar a Sandra, sólo a su plato, para asegurarse de que se vaciara. Hablaba inútilmente de las personas que la visitarían durante la semana, de las salidas que harían y de las cosas que comprarían.

-A usted le gusta la piscina de pelotas de la plaza ¿verdad? Voy a decirle al encargado que la deje meter –le prometió.

Sandra mientras tanto se metía cucharadas llenas a la boca y daba miradas estupefactas a las formas y los colores que cambiaban en su plato cada vez que recogía un bocado con el cubierto. La madre siguió conversando con un oyente imaginario hasta que la comida se terminó. Sandra estiró la mano para sujetar el vaso de jugo, pero en vez de tomarlo lo empujó. El vaso se volcó sobre la mesa y el líquido formó un charco que se extendió lentamente sobre el vidrio protector. La señora exclamó, exasperada, y se levantó tan fuerte que la silla tambaleó. Mientras su madre estaba en la cocina, Sandra colocó la mano sobre el líquido derramado y empezó a dibujar círculos que se borraban en cuanto los terminaba. La madre llegó y le apartó bruscamente la mano. La sujetó por la muñeca y le limpió dedo por dedo. Sandra jadeó con descontento y la señora la miró con lástima.

-No pasa nada, su mamá la quiere mucho –le dijo con voz conciliadora al tiempo que se le escapaba un largo suspiro.

Sandra regresó a su habitación arrastrando los pies. Se abrió paso hacia la enorme ventana pateando los juguetes de colores que minaban el suelo. Mirando hacia fuera colocó el dedo sobre el vidrio y se puso a seguir con él a las personas que pasaban caminando cuatro pisos más abajo. Unos niños aparecieron por una esquina corriendo en círculos, persiguiéndose, y desaparecieron por la otra. Volvieron a aparecer a los pocos minutos y subieron las escaleras para llegar al nivel de la piscina. Apresuradamente se sacaban camisas y pantalones ayudándose hasta con los dedos de los pies, y uno detrás del otro se dieron un clavado. Sandra podía oír sus risas ahogadas por la distancia. De inmediato comenzó a jalar hacia arriba el vestido que llevaba, pero se le atoró en los hombros. Ciega y sofocada dentro de la tela, comenzó a patalear y a gritar. Caminó hacia delante y se golpeó contra el vidrio. Retrocedió y sus talones dieron contra el borde de la gruesa alfombra, resbaló en el jugo de uva y aterrizó de espaldas sobre un teléfono de juguete. Los alaridos invocaron a su madre que la encontró rodando lentamente por el suelo aún atrapada dentro del vestido.

-¡SANDRA! –gritó- ¡Sandra! ¡Sandra!

Se inclinó hacia ella y la sostuvo para que se estuviese quieta mientras le bajaba el cierre. Al verse libre, Sandra soltó un gran sollozo y lanzó un manotazo al aire que le dio a su madre en la barbilla. La señora se apartó rápidamente y gimió de impaciencia. Sandra se calmó de inmediato y se sentó con las piernas estiradas, mirando turulata a su alrededor. Los ruidos de afuera seguían siendo los mismos: risas, gritos, chapoteos, gorgoteos, canto de pájaros. La madre gateó por el suelo para recoger los juguetes y hacerlos un montoncito a un lado. Se acercó a Sandra para examinarla. Le terminó de quitar el vestido manchado y húmedo, y al encontrarle una marca roja en la espalda, se levantó para ir por alguna pomada. Cuando colocó la mano en el puño de la puerta, bajo la mirada atenta de Sandra, las rodillas se le doblaron.

-¡Ay, Padre! –sollozó mientras se esforzaba por mantener el equilibrio.

Logró erguirse por espacio de unos segundos pero de nuevo se le relajaron las piernas. Giró como un trompo y cayó de rodillas mirando a su hija. El lado derecho del rostro empezó a temblarle sin control y a continuación se le escurrió como si se derritiera.

-¡SAAAAAAANDRA! –alcanzó a mascullar.

Cayó de costado. El brazo izquierdo aún podía moverse pero todo el lado derecho se le había dormido. Sus ojos miraban desesperados a su hija. Trataba de mantener los párpados abiertos pero algo los jalaba hacia abajo dándole el aspecto de un sabueso Basset. Su único miembro funcional se batía desesperado tratando de sujetarse a algo y finalmente se estiró hacia Sandra. La muchacha se acercó hacia ella y dejó que se agarrara con fuerza de su carnoso hombro derecho. La miró por un rato y entonces comenzó a jalarse las mejillas hacia abajo y a imitar el tembleque de los labios de su madre. La señora le clavó las uñas en el hombro. Sandra aulló de dolor y se arrancó de la mano de su madre. Se puso de pie, sobándose el hombro, y se raspó la garganta con un grito rabioso. La señora seguía tratando de hablar, y sus labios caídos dejaban ver las encías moradas. El rojo interior de los párpados estaba a plena vista y lágrimas calientes comenzaron a atravesarle el rostro horriblemente contorsionado. Sandra comenzó a llorar también, con agudos aullidos, hasta que su madre dejó de moverse y lentamente se volteó hasta quedar de cara al suelo. Y allí quedó tendida. Sandra se la quedó viendo unos segundos y luego miró por la ventana. Se puso de pie y, desnuda como estaba, aplastó la nariz, la panza y los senos contra el vidrio. Gritó con todas sus fuerzas hasta que los niños en la piscina voltearon a verla. Ellos se desternillaron de la risa y se pusieron a señalarla y a gritarle mientras Sandra azotaba el vidrio con las palmas abiertas y los miraba con ojos suplicantes. Se cansó y volteó hacia la señora que permanecía inmóvil. Haciendo un enorme esfuerzo dijo una sola palabra balbuceante:

-MAMÁAAAAA.


Miel

Corrían los días en los que el otoño llega a fumarse los ébanos, dejando rotas y castañas sus débiles hojitas. Una jovencita estaba sentada a la mesa cerca de la ventana abierta. Las cortinas de algodón le daban palmaditas ligeras en el hombro, como para consolarla. Así, como un polluelo bajo las alas de su madre, se encorvaba sobre el papel y trazaba con letra rabiosa improvisados versos de amor. Un amor que nunca había gozado.

La casa estaba inundada al dulce olor a mantequilla del postre de manzana que se cocinaba. El horno exhalaba suavemente los vapores de su dulce embarazo y llenaba la casa de una tibieza misteriosa y maternal. Las luces blancas y amarillas de la tarde jugaban a dibujar a la señorita sentada a la mesa, la señorita Miel. Sorprendían sus ojos grandes y dorados como naranjas, contorneaban su naricita de cereza, se deslizaban por sus suaves labios rojos e iluminaban su pelo castaño claro, ese pelo largo, de puntas amarillas, como si lo hubiera sumergido por accidente en un baño de oro. Pero las luces también encontraban sobre su rostro pequeños defectos de los que huían despavoridas, marcando con sombras las arrugas bajo sus ojos y los dos surcos que cruzaban su frente. Pues Miel había madurado deprisa y se había marchitado temprano. A sus veinte años su piel estaba marcada por las enfermedades que padeció durante la niñez y había ceniza bajo sus ojos por el insomnio de su actual padecimiento: el amor.

Mientras la señorita garabateaba sus rimas forzadas, a sus espaladas, al otro lado de la pequeña calle, Diego Maldonado acompañaba a una muchacha fuera de su casa. En el pórtico lleno de flores, que las mariposas coquetas no dejaban de visitar, despedía a su amante ocasional siempre con un beso en las puntas del cabello. Y ella, fuera quien fuera, se alejaba como enajenada, bailando sobre el áspero pavimento. Diego y sus ojos marrones, tan oscuros y tan brillantes, Diego y sus brazos largos como raíces de manglar, Diego y su pelo negro y ensortijado como la selva lluviosa. Y Miel, que no hacía más que revolotear imperceptiblemente a su alrededor igual que uno de los tímidos colibríes que chupaban las flores de su naranjo.

A la tarde siguiente, la señorita se puso una falda rosada y una blusa gris, para salir a dar un paseo. Siempre combinaba estos colores: la perla en el mar bravo, la orquídea contra los nubarrones, la rosa en el pavimento. Fuera de su madriguera se encontró con una ciudad pequeña y calurosa con calles tapizadas de flores amarillas y hojitas sucias. Miel se detenía en seco en cada esquina, chocaba un par de veces sus tacones y miraba en derredor decidiendo qué camino tomar. Fruncía el seño cada tanto, como marcando los minutos, pues era la única expresión que conocía. Se veía rodeada de gente que flotaba sobre la vía, tocada por el sol. Una multitud rígida y dorada como una colección de estatuillas sacras. Cada uno iba con sus oídos taponados de audífonos de colores y las manos ocupadas con artefactos rectangulares y brillantes. Miel llevaba una camelia sobre su oreja y un libro de aves en las manos.

Por las noches, se le metían al cuarto las luciérnagas y le hacían compañía con sus telegramas de luz verde. Sin poder dormir, Miel se sentaba sobre el viejo edredón de la cama y encendía la lámpara para escribir su desolación con una estela de tinta salada. Tinta aderezada con sangre y con lágrimas que trazaba delicadamente el mismo nombre vez tras vez: Diego, Diego. La pluma se resbalaba sobre las letras como arrastrándose, arrodillada en una súplica. Y Miel se levantaba para mirar por la ventana del comedor, y contemplaba embelesada la casa de enfrente, envuelta en llamas negras.

Cada mañana, untaba los moldes con mantequilla, prendía el fuego, mezclaba los huevos con la harina, batía, agitaba, picaba, agregaba y finalmente horneaba postrecitos de chocolate, de limón, de mantequilla, de banano con canela, de vainilla. Miel se empalagaba con la dulzura de sus pasteles para apagar la amargura que le ardía en el vientre. Acto seguido preparaba una pasta de té, aceite y aguacate que colocaba sobre sus ojos cansados y su frente seca. No faltaba el ritual egipcio de la leche o el trocito de hielo que pasaba por su rostro, quemándose la piel hasta dejarla fría y rojita como un capullo nuevo. Entonces se acercaba a la ventana acariciándose la nuca y se asomaba por entre los velos amarillos. Allá afuera Diego despedía a otra novia, que se alejaba impregnada por primera y última vez de su especial fragancia de flores. Entonces, frunciendo el seño, Miel pedía un deseo a las constelaciones de hortensias azules en su ventana:

-Que me vea con esos ojos grandes y rojizos como nueces. Que olfatee mi cabello y suspire. Que me ame -susurraba, empañando la ventana.

El invierno apareció con su soplido y apagó los cigarros del otoño. Desnudó a los árboles y agitó con fuerza las últimas hojas deslavadas, como si  fueran los pañuelos de mujeres que despiden a sus hijos en la estación del tren. El viento y la lluvia, cuales niños traviesos, jugaban a las escondidas con el sol y les desguazaban los paraguas a los citadinos para mojarles los abrigos y volarles los sombreros. Los gatos pardos se escondían entre los motores de los automóviles buscando calor y los gatos negros les saltaban al paso a los cristianos. Cual si fuera uno de ellos, Diego se refugió del agua en su casa y no volvió a salir a buscar a sus novias. Mientras tanto, Miel se sentaba a escribirle cartas y poemas que acababan guardados en el cajón de su cómoda junto con un montoncito de fotos, pisadas por piedras traslúcidas y flores secas.

Pronto la primavera hizo parir a la tierra pálidos botones que estallaban como estrellas y esparcían polen y semillas que flotaban en el aire como polvo de hadas. Las fragancias del jardín de Diego atraían con todo su poder a las joyas más brillantes del reino animal. Y con ellas llegarían las novias… Normalmente así sería. Sólo que esta vez no llegaron. Y todas las noches Miel se enfrentaba a la incertidumbre de no saber de él, pues estaba acostumbrada a verlo todas las noches llegando acompañado y todas las mañanas saliendo a besar el pelo de su querida temporal. Sola, acurrucada bajo el manto frío de la ausencia, pasaba días desabridos, resguardada por las luciérnagas.

Día tras día se repetía el trajín en la cocina, los versos malditos, las tardes de paseo, las noches en vela. Todo seguía igual, como si el tiempo le jugara una broma cruel a esa niña envejecida y triste. Pero una noche calurosa, un petirrojo comenzó a visitarla para comer las orugas y picotear las bayas anaranjadas y carnosas que crecían en su ébano. Miel veía ir y venir al pajarito entre su jardín reseco y descuidado y el paraíso que estaba a las puertas de la casa de enfrente. Iba y venía el petirrojo, trazando una estela como uno de los rojos lazos del destino.

Un fin de semana, al final de la estación, la señorita salió de su casa a buscar unos zapatos. Todo el camino de regreso estuvo aspirando el humo de un fumador que iba delante de ella. Lo hubiera rebasado de no haber sido porque ese trataba de Diego. Lo había reconocido fácilmente aunque estaba de espaldas. Él exhalaba una humareda de anillos, chorros y hongos etéreos que se deshacían en el aire cálido y entraban a los pulmones de Miel, impregnándola de tabaco sucio. Ella lo siguió en silencio, con el seño fruncido -no se sabe si de admiración o temor- hasta que llegando a su casa un perro pequeño, blanco y peludo salió corriendo a su encuentro. Latiendo estruendosamente, el animal casi le apresa una pierna entre sus fauces de pequeñas cuchillas picudas. De no haber sido por Diego, que de una patada en las costillas lanzó el can al jardín de sus dueños… Presa del miedo, Miel había dado un salto y el broche de pelo que le sostenía la melena en un rollo desordenado se soltó, fustigándole la espalda. El fumador soltó su cigarro y con una sonrisa de galán invicto le quitó a la muchacha la camelia rosada de sobre la oreja.

-Te salvé. Tienes que recompensarme –murmuró, guardándose la flor en el bolsillo de la chaqueta.

La señorita frunció el seño de nuevo.

-¿Qué tal uno de esos pasteles que haces? Me has tenido día tras día, por meses, preguntándome cuándo me invitarías a comer uno. Me has tentado, me has llenado de deseo y me has roto el corazón, tantas, tantas veces. ¡Ese aroma! ¡Es imposible que comas tú sola! ¡Inaudito! –dijo velozmente, como suspirando.

Miel pestañeó varias veces sin pronunciar palabra y caminó hacia su entrada. Un escalofrío recorrió su espalda cuando sintió a Diego venir tras ella, hundiendo bajo su peso las piedras del camino en la tierra blanda. La niña abrió la puerta y el mozo se precipitó dentro. En pocos segundos estaba en la cocina, mancillando el glaseado blanco de un pastel de fresas con sus dedos juguetones, que luego se llevaba a la boca. Cuando la dueña de la casa lo siguió, Diego suspiró como un enamorado y sonrió de nuevo a su víctima. Se acercó a ella y la cubrió con su sombra. Entonces sujetó un mechón de su pelo desatado y se lo llevó a los labios, degustándolo como al glaseado dulce. El petirrojo en el ébano cantaba, todas las luciérnagas se encendieron y del rostro de Miel huyeron las huellas del tiempo.

-¡Dios mío! –exclamó maravillado Diego- ¡No quiero vivir ni un minuto más de mi vida si no puedo probar esta miel cada día desde ahora!

La señorita frunció el seño, pero luego hizo lo impensable: sonrió. Sonrió porque quería ser feliz.


Flamingo

Cuando alguien me preguntaba por la “discapacidad” de Amanda, yo respondía simplemente: “mi hermana es un flamingo”. Mientras en el barrio la veían como una pobre niña coja, yo la veía magnífica y emplumada de rosa. Un ave majestuosa erigiéndose sobre su única pierna como un busto de mármol sobre un pedestal. Si una obra perfecta va sobre un único podio, un remate de oro va sobre una sola columna y las torres más altas e imponentes se alzan sobre un único cimiento, ¿cómo podría Amanda estar incompleta por tener sólo una pierna?

Hacía cinco años, nuestro hermano mayor, Joshua, llegó a casa anunciado por el estrépito de su motocicleta. Ebrio como estaba, la providencia había cuidado de él hasta que entrando al jardín se le atravesó un gato negro que tuvo que esquivar para evitar la maldición. Pero su buena suerte se había acabado ya. Las llantas de la moto perdieron agarre al pasar sobre el lodo a la orilla del estanque, y, fuera de control, fue a estrellarse contra el costado de la casa, donde Amanda ayudaba a nuestro padre a colgar la ropa recién lavada. Horror. Las sábanas se mancharon y la fachada se descascó. Después de un par de días en el hospital, Joshua falleció y Amanda perdió la pierna derecha.

Desde entonces mi hermana se convirtió en mi garza real. Pareciese que su cuerpo entendió y asumió por voluntad esta nueva forma, pues su cuello creció y adelgazó, sus brazos se alargaron y su pierna adquirió el estiramiento de la bailarina. Tal y como la figurita vestida de tutú de una caja de música, Amanda permanecía perpetuamente erguida, girando graciosamente sobre la punta de su único pie, con los brazos extendidos para sostener su delicado equilibrio. Escondía el muñón de la extremidad derecha debajo de esponjosas enaguas y vestidos que ella misma diseñaba y cosía. Siempre de rosa y blanco, su torso surgía de entre las faldas como un delfín rosado danzando sobre mares de crema y espuma marina.

A veces se desplazaba con saltitos de canario, y otras, se deslizaba por el suelo como un águila cazadora. Era una encantadora ave que, de buen humor, cantaba cual ruiseñor; enfadada, emitía graznidos de polluelo; y calmada, gorjeaba cual gorrión, sosegando mi alma con cantos del paraíso. Y yo realmente necesitaba ese alivio. No pueden entonces culparme por mi temor al ver que crecía curvilínea y generosa para empezar a soñar con hombres impíos que la tratarían como a una inválida. No había uno sólo entre sus pretendientes que no viera en ella una obra de caridad para acallar sus conciencias podridas. Yo los conocía a todos y cada uno de ellos de la escuela y podía jurar que eran indignos. Todos corruptos, todos interesados, todos pendencieros. Mis padres se daban cuenta de lo que sucedía y sin embargo, en vez de protegerla como era debido, la lanzaban a los brazos de esos buitres.

Pasé meses mintiéndole a los pretendientes, diciéndoles que se habían llevado a Amanda a casa de mis tíos, que estaba dormida, que estaba con amigas, que había mandado decir que se fueran, que tenía prohibidas las salidas con hombres y cualquier otra estupidez que se me ocurriera para alejarlos de ella. Y lo hacía descaradamente, sin una pizca de culpa y sin esconderlo. Todos en casa estaban molestos conmigo y mis prohibiciones me rebotaban en la cara. Era a mí a quien le impedían salir, a quien enviaban con los tíos por varios días, a quien le negaban ver a sus amigos. Conforme pasó el tiempo me fui acostumbrando a lo que yo consideraba gajes del oficio. Porque eso era la guerra.

Pero llegó el terrible día. Volvía de uno de mis exilios con una maleta colgando del hombro, deformada por los regalos para mi hermana que traía adentro. Toqué la puerta y casi se me sale el corazón cuando un muchacho un poco más alto que yo abrió la puerta, rodeando a Amanda por la cintura. El sujeto era algo llenito, de pelo castaño, ojos grandes color marrón y piel dorada. No lo reconocí y mi primer pensamiento fue que se trataba de un criminal que había asesinado a mis padres y ahora mantenía cautiva a mi hermana. Antes de poder reflexionar mucho en el asunto, le propiné impulsivamente un puñetazo en la nariz. Amanda gritó y tambaleó sobre su única pierna mientras el chico retrocedía buscando a trompicones un lugar dónde sentarse.

-¡¿Qué te pasa, demonio?! –me gritó, sosteniendo con ambas manos su nariz sangrante.

Finalmente se echó sobre el sofá y mi madre corrió a socorrerlo. Amanda se me quedó mirando con odio. Evité sus ojos negros. De ahí en adelante quedó claro para mí que esa no era una batalla para ganar a punta de fuerza, sino de estrategia. 

El buitre se llamaba Camilo y era el primero –que yo supiera- que cometía la osadía de entrar a mi casa. Jamás en los últimos cinco años desde que toda esa locura hormonal de las citas había empezado, había yo permitido que entrara uno sólo de esos pérfidos a la casa. Tenía un perímetro establecido que abarcaba el jardín, el andén, la calle y el patio trasero y nadie lo había cruzado sin mi conocimiento. Él era el primero, pero también el último.

Durante las semanas subsiguientes tuve que observar cómo el infeliz arrastraba a mi hermana fuera de la casa, sosteniéndola por los hombros y la cintura como a una frágil ancianita. ¡Ese ignorante de seguro vería a la Venus de milo como una figura defectuosa! Y lo peor: cuando no se habían alejado lo suficiente para escapar a mi vista, comenzaban las caricias inapropiadas y los besos deshonestos que me hacían rechinar los dientes.

Pasaba las tardes después de la universidad trazando planes para separarlos en imaginarios dantescos. Estos delirios eran lo único que me calmaba. Andaba de un lado a otro en mi habitación, frotándome las manos, encorvado, murmurando en voz baja, los ojos saltando de aquí para allá mientras sostenía mis monólogos. Amanda no podía ser de ningún hombre porque ella no era algo para poseer, sino para admirar en reverencial silencio, como hacía yo. Por eso Camilo tenía que irse.

Finalmente, una noche luego de un par de meses eternos, logré que el incauto subiera a mi habitación cuando la casa estaba sola. Me había ganado su confianza a través de cientos de sonrisas falsas y otras cortesías superficiales. La lluvia arreciaba afuera mientras él se sentaba confiado en mi cama parloteando acerca de su banda de rock y quién sabe qué otras mierdas. 

Mi respiración se había hecho pesada y mis puños se abrían y cerraban con ansiedad. Nunca había llegado tan lejos en mi labor protectora, y comencé a pensar que lo de las últimas semanas había sido tan sólo un ataque de celos de hermano y que mi voluntad no era tan fuerte después de todo. Camilo seguía hablando. Veía sus labios moverse, pero no oía una sola palabra. Estaba decidiendo su suerte en silencio, mientras asentía maquinalmente para que continuara. De repente, un rayo azotó la tierra en silencio, iluminando de blanco la habitación sombría y activando una cuenta regresiva dentro de mí. Cada mueble en la habitación pareció inclinarse hacia delante con la expectativa de verme cumplir la mortal fantasía que le había susurrado tantas tardes al cuarto vacío. Abrí un cajón de mi armario y extraje una vieja bola de cristal con la que Amanda jugaba a la pitonisa cuando niña. La limpié rápidamente con la manga, con cuidado. Yo era un verdugo de los que pulen y afilan su hacha antes de la ejecución. Finalmente me acerqué al condenado con la falsa excusa de enseñarle el artículo. Cuando Camilo estiraba las manos hacia mí, un trueno ahogó el estruendo del golpe. La bola se hundió en su cráneo.


La familia volvió a casa cayendo la noche. Amanda extrañó mi presencia y salió al patio donde me vio echando tierra a un hoyo al pie del limonero. Me llamó desde la puerta trasera, preguntándome qué hacía y le contesté que enterraba a un perro muerto que había encontrado junto al estanque. Ella expresó su pesar por el animal y yo terminé mi labor. Volví a la casa empapado y me cambié en mi cuarto, con la puerta asegurada. Limpiaría un poco a la madrugada, cuando todos estuvieran dormidos.

A la mañana siguiente me despertó un insoportable tamborileo en el techo. Me forcé a salir de la cama, seño fruncido y músculos tensos. El ruido era terrible, como una granizada. La tormenta del día anterior debía haber empeorado durante la noche. Abrí las cortinas y junto con el chorro de luz grisácea, me llegó una visión aterradoramente absurda: llovían limones.


Nadie en la ciudad entendía el por qué del fenómeno natural, pero nos habíamos convertido en el destino turístico y científico del mundo. Expertos y curiosos de todas partes comenzaron a llegar para ser testigos de nuestras extrañas precipitaciones. Luego de aquel primer día, llovió todas las tardes y todas las noches durante dos meses, y la ciudad había cambiado. Los primeros días todo era caos, confusión y temor. La gente se refugiaba en sus casas como de un huracán. Tapiaban las ventanas y reforzaban desesperadamente los techos, que eran atravesados por los limones que caían como proyectiles, impulsados por los vientos rápidos. Los cítricos rodaban por las calles en un turbulento río verdeamarillo. Apenas escampaba, durante unas pocas horas al mediodía, la gente aprovechaba para salir a paliar los limones de sus patios y colocarlos en montoncitos a la entrada de las casas, con la esperanza de que los carros de sanidad los recogieran. Pero ¡qué los iban a recoger! ¡Tanto la ciudad como el basurero municipal estaban inundados con la infame fruta!

Debido a “la maldición ácida”, como la gente había apodado a nuestro temporal, muchas familias se habían mudado a ciudades vecinas, escapando del fenómeno. Mis padres no querían dejar abandonada la casa pero sí se aseguraron de mandar a Amanda con mis abuelos, que vivían en la capital. La sacamos de la ciudad con gran dificultad. Tuvo que ser a pie pues no había forma de conducir sobre los limones, que eran igualmente resbaladizos estando frescos o podridos. Apenas estuvimos en la frontera, la metimos en un bus intermunicipal y se la recomendamos a una vecina que también huía de la maldición. Por poco me hecho a llorar cuando mi garza me dio el último beso de despedida. Sabía que no la volvería a ver en mucho tiempo, y que era mi culpa. Era obvio. Yo sabía bien de lo que aquella lluvia se trataba.

Conforme fue pasando el tiempo la gente que se quedó se fue adaptando a los gajes destructores de la tormenta. Los techos habían sido reforzados con varias capas de zinc, y aislante para acallar el ruido. Como se hacía imposible evacuar a toda una ciudad, el gobierno decidió aprovechar la sobreabundancia del cítrico y comenzó a duras penas el trabajo de recolección y exportación. Aún así, gran parte del producto se descomponía en las calles, dejándolas tan resbalosas que las bromas sobre gente cayéndose sobre sus traseros ya no eran divertidas. Los niños habían comenzado a usar limones en vez de canicas y los frutos dieron pie a la creación de muchos juegos nuevos. La gente comenzó a ingeniarse resistentes sombrillas de madera, guadua y otros materiales recubiertos de espumas aislantes que soportaran la tempestad y no hicieran demasiado ruido. Algunos adaptaron sus autos colocándoles latas en la parte frontal, a manera de barrederas. Sí, todo cambió.

Todo había cambiado excepto mi preocupación por mi hermana. La llamaba tres o cuatro veces al día -de alguna manera el alcalde se las arregló para proteger las conexiones de energía y teléfono colocándolas en instalaciones cubiertas y usando cableado subterráneo-. Me preocupaba sobremanera lo que estaría haciendo Amanda rodeada de los mozos capitalinos. La imaginaba como un polluelo asediado por gallinazos. Estaba que me iba con ella, pero mis padres necesitaban mi ayuda. La vida era difícil gracias a la maldición, la maldición de Camilo. 

-¡Maldita sea! ¿¡Por qué se me ocurrió enterrarlo debajo del limonero?! –me recriminé un día mientras terminaba de despejar la entrada y hacer un montoncito con los limones caídos durante la noche.

Me quedé pensativo un momento. ¿Y qué tal si lo sacaba de allí debajo y lo enterraba en otro lado? ¿Eso detendría la lluvia? Antes de darme cuenta estaba de pie junto al limonero por primera vez en meses. Ya estaba acostumbrado a lo extraño, pero lo que vi me provocó escalofríos: el árbol estaba cargado, pero de limones rojos, parecían cerezas. Extendí mi mano y tomé uno. Se desprendió apenas lo toqué. Hedía, estaba podrido. Lo aplasté entre mis dedos y el líquido rojo que salió expulsado del fruto no podía ser otra cosa sino sangre. Se me puso la carne de gallina y volví a casa corriendo. La lluvia se reinició detrás de mí, más fuerte que nunca. Iba disparado hacia las escaleras, dispuesto a subir a mi cuarto cuando oí el teléfono. Mis padres estaban almorzando. Contesté, y sentí un estremecimiento al escuchar la voz de Amanda.

-Diego. ¿Es usted, verdad? Mis papás no contestan ese teléfono nunca.

-¿Querías hablar con ellos? –pregunté, cubriéndome el oído izquierdo para bloquear el estrépito del granizo.

-No. ¿Cómo van las cosas? –preguntó.

-Si del cielo te caen limones aprende a hacer limonada…

Oí su risa de canario al otro lado de la línea.

-¡Esa está buena! Debería ser el nuevo lema de la ciudad… -dijo ella, y hubo silencio- Estaba pensando… ¿No has sabido nada de Camilo?

Apreté los puños y me mordí los labios antes de abrirlos de nuevo para mentirle.

-No. Ya sabes que cuando todo esto empezó mucha gente salió corriendo de aquí. Hace tiempo que no veo a la mitad de nuestros vecinos. Esto está patas arriba.

Silencio.

-¿Qué? –Pregunté- ¿Aló?

-Seguro. ¿Seguro que no hiciste nada?

-¿Nada de qué?

-¡No te hagás! Vos siempre tratas de alejar a todo el mundo de mí. ¡Seguro que le dijiste algo a Camilo porque ni siquiera ha llamado a preguntarme! No sabemos nada de él, ¡se lo tragó la tierra de repente!

Callé.

-¡Fuiste vos! ¡Yo sabía! ¡¿Por qué no te metés en lo tuyo?!

-Él no era bueno.

-¡Nadie es bueno para usted!

Iba a protestar pero Amanda me interrumpió.

-¡Oígame! ¡Usted tiene que dejarme en paz! ¡Con todo lo que está pasando y usted no tiene nada mejor que hacer que meterse en mi vida! No me quiero ni imaginar lo que le habrá dicho a Camilo. Me debe estar odiando. ¿¡Por qué siempre es así?! ¡Usted…!

No podía creer que finalmente estuviéramos teniendo esa conversación y fuera por teléfono. Ella siguió. El nudo en mi garganta no me dejaba contestarle.

-¡Usted siempre me está cuidando como a una niña! Desde lo que me pasó yo he estado luchando para adaptarme. Yo he aceptado esto. ¡Yo he intentado vivir lo mejor que puedo! ¡Jugar la mano que me tocó! ¡¿No lo he hecho lo suficientemente bien?! –Amanda comenzó a sollozar y yo a sentir que me ahogaba- ¡Estoy cansadísima! –pareció calmarse un poco- ¡Pero ya no aguanto cómo me tratás! ¡Vos no has aceptado lo que pasó! ¡Cuidándome tanto…! ¡Crees que me ayudas pero sólo me haces sentir como una inválida!

Esto último fue como un balazo en el pecho. No pude más. Las manos me temblaban y la boca se me abrió. Mi lengua se movió sola:

-Yo lo maté. Maté a Camilo.

Y en silencio, dejé que el auricular se resbalara de mi mano. La lluvia cesó.


"I get dark, oh, and I'm insane..."

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