domingo, 18 de septiembre de 2016

EL GANADOR

EL GANADOR


Cuento Corto


Este pequeño cuento lo hice en la clase de Literatura Española cuando estudiábamos la novela barroca. Yo decidí hacer un cuento de estilo picaresco, que es una narración cuyo protagonista es un "pícaro".

Yo, buenos señores, me crié sentado en el umbral de la casa de mi madre saludando a los caballeros que entraban y salían y a todos les alargaba la mano y de unos recibía monedas, de otros papeles arrugados, pelusas, pedacitos de tela, pulgas muertas, cuatro o cinco fríjoles, garbanzos o lentejas y basuras diversas de esas que hacen su escondite en el fondo de los bolsillos, pero a lo más les recibía azotes. En las tardes después de que me hice mozo comencé a ver un juego con naipes que instalaba un mancebo cerca de la casa y como no quedaba lejos me uní al gentío que lo rodeaba esperando entretenerme con algún prodigio. El mancebo, que así lo parecía más por lo corto del cuerpo que por la catadura tan maltratada que traía, sacaba la baraja y la maniobraba entre las manos sacándole resuellos a la audiencia cuantas veces la trasladaba de las palmas a los nudillos y las desaparecía y las aparecía entre los dedos y las hacía saltar de mano en mano y al final yo no sé de qué manera acababa con seis en la mano y le prometía a los curiosos que si escogían una carta con un comodín él les obsequiaría tres monedas pero que si escogían mal tendrían que darle una sola moneda y entonces les mostraba las cartas, que una era comodín y las otras eran las de caballo, la de rey, las de bastos, y cualquier otra carta, y cada cual se apostaba enfrente y hacía la apuesta y como yo me figuraba perdían siempre muy fácilmente. El mancebo acumulaba un pequeño monte de monedas y cada vez que la afluencia empezaba a irritarse murmurando que tenía que haber truco entre tantas ganancias, añadía un comodín nuevo y la gente volvía a animarse hasta que había que añadir otro y así hasta que habían cuatro comodines y solamente dos cartas distintas y de todas maneras cuando el mancebo las mezclaba se hacían borrosas y desaparecían los comodines ante los ojos y los cristianos seguían perdiendo casi siempre. Una tarde cuando el mancebo despedía al gentío para irse con sus ganancias, yo, que ya había observado mucho y pensado mucho el asunto me le senté enfrente y le propuse darle un puñado de monedas que había guardado a cambio de toda su baraja y lo que había ganado esa tarde si era capaz de encontrar el comodín. Se rascó la mollera un par de veces y aceptó pero para que no me hiciera truco y para demostrar su buena fe ante todas esas buenas gentes le pedí que me dejara ver los naipes para saber si estaban marcados, a lo que él accedió no sin hacer algunas muecas de disgusto. Yo me había aromatizado los dedos rascando cáscaras de mandarina y hojas de romero y llevaba debajo de las uñas de la mano derecha un olor especial, así es que cogí los naipes con la izquierda para examinarlos y cuando cogí el comodín lo rasqué y lo sobé un largo rato fingiendo querer limpiarlo y dije que era para ver si no llevaba pegado otro naipe que el mancebo desprendiera mientras barajaba para sacar al comodín. Fingí estar satisfecho y devolví las cartas para que comenzara el juego poniendo mucha atención a que de verdad no sacara el comodín. Cuando acabó de barajar comenzó a señalar los naipes uno por uno y a preguntarme muchas veces si era ese el que yo quería que me mostrara pero yo me quedaba en silencio y me doblaba con los ojos fijos sobre los naipes como un ave de rapiña vigilando un moribundo y me doblé hasta que mi nariz casi tocaba los naipes tal y como el pico curvo de esos animales y cuando encontré el olor que buscaba señalé el comodín y le pedí que lo volteara. Como hacía de costumbre cuando los jugadores escogían la carta que podía hacerlos ganar la apuesta el mancebo soltó varias carcajadas y me preguntó otra vez si de verdad quería el naipe pero yo me quedé con el dedo firme sobre el comodín y sin parpadear y el muchacho hizo otra vez el intento de confundirme y me ofreció hacer como si nada hubiera pasado y darme otro ensayo y el gentío murmuraba detrás de mí que aceptara la oferta pero yo insistí en la carta hasta que hube de voltearla yo mismo. Entonces el mancebo se puso de pie enfurecido e insistió en que yo había marcado las cartas pero yo se las di a examinar a la audiencia y como las encontraron limpias me dieron la razón y le exigieron que me diera mi pago y con mucha lágrima y pataleta me recogió la baraja y me la entregó pero las monedas las regó en el suelo fingiendo que se le habían resbalado pero se dejó algunas entre los dedos y salió a correr. Yo deseé que no se hubiera ido porque quería proponerle una empresa, pero recogí mis ganancias y desde esa tarde me hice al nombre del ganador entre la gente del pueblo y dejé de ser el mendigo del umbral.

Me divertí mucho con esta tarea y me gustó bastante el resultado.

"Start another story..."

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